
No sé si Félix Romeo ha escrito un gran libro. Y quizá esta duda es la más clara constatación de que Félix Romeo ha escrito un gran libro. Como no me pagan por ejercer la crítica literaria, esto no es una reseña. De hecho nada sabía de Amarillo (2008) hasta que este mes de julio pasado, frente a un ventilador, José Luis Piquero me lo apuntó en el reverso de un folio de unas pruebas de imprenta. Me conminó a leerlo. Me obligó. Hoy he ido a la librería París-Valencia a comprarle un detalle a mi amigo Alessandro Morello, que organiza una cena de despedida porque se vuelve a Roma tras dos años de trabajo en Valencia, y ni me acordaba del libro, ni de la anécdota, ni de que lo tenía pedido. Julián, mi antiguo compañero de trabajo, me lo ha dado envuelto en una goma: el texto de Félix Romeo y la deseada Mircea de Maitreyi Devi, ahora que ya no me servía para nada, y gracias a Dios.
Amarillo me atraía. La portada, embrutecida por el polvo; el dibujo urbano de Pepe Cerdá, con un semáforo en rojo previniendo, y el leve recuerdo de un paisaje de Adrian Tomine… Pero yo no quería leer el libro. Por eso ha durado entre mis manos una hora y veintidós minutos. Yo no deseaba conocer la historia de Chusé Izuel, que se llamaba igual que yo cuando empecé a publicar mis poemas y artículos en aragonés a los 19 años, que escribía cuentos, que colaboraba en prensa. ¿Qué utilidad podría extraer de un suicida de 24 años? ¿Qué lección iba a enseñarme gente que fumaba, bebía, se emborrachaba, se drogaba…? Las caídas de caballo, como la de Saulo, deben ser definitivas. Uno ha de irse al otro lado de la balanza, no para buscar un equilibrio, sino para romper la balanza del mundo, y pertenecer definitivamente a otro reino, de Aquel que reina fuera de él aunque viva y sea de carne. Yo me caí del caballo en septiembre de 2005, y odio las curvas en los simbólicos caminos, o las fichas de la oca que te obligan a empezar desde el principio. Los cambios han de ser perdurables y radicales, o nunca serán cambios.
Me alegro de estar escribiendo esto, y celebro asimismo que José Luis Piquero, mi amigo, lo esté leyendo y comprendiendo en su totalidad. No sé si Félix Romeo hará lo propio. No me importa. Pero miento, sí me importa. Tenemos casi la misma edad. No nos conocemos. Nombra Valencia un par de veces en Amarillo. De pequeños igual nos cruzamos. Mi casa paterna queda muy cerca del sanatorio donde fue a ver a una tía suya: el manicomio de Jesús, con un jardín en el recinto, exactamente. Por allí pasearían, sí. A los locos los dejaban salir muy de vez en cuando, y pululaban por el barrio como en una película. Una tarde, cerrado ya aquel hospital psiquiátrico, me reía con Juan Antonio Candela, antiguo compañero y más tarde amigo, periodista y escritor que oculta cuanto escribe; él dijo: Gaspar Aguilar es la avenida perfecta: al principio, un manicomio; en el centro, un hospital; al final, el cementerio. Siempre tuvo un sentido del humor muy agudo. Y siempre me gusta contar esta anécdota, que es suya. Estábamos al comienzo de la avenida justamente, en un bar que ya ha desaparecido, como las mismas tiendas de los alrededores. Sólo el hospital y el cementerio siguen ahí, igual que un gran Moloch devorador.
Ahora no me río, pues en esos tres espacios, igual que en la novela de Félix Romeo, en los cuentos de Chusé Izuel, y en la vida de este último, hay dolor, o lo hubo. Y ante el dolor, sólo cabe el silencio; a diferencia de ante la alternativa vital, donde sobre todo habría de caber el grito. Amarillo no debe ser leída. Es un testamento, y como tal, sólo habrían de conocerlo los afectados. Yo no hago nada entrometiéndome en miserias y podredumbre de donde sólo emanarán conmiseraciones. En un programa de televisión, me dijo Rosa Albero, compañera de trabajo y diseñadora gráfica, hacían entrevistas a gente que había intentado suicidarse tirándose desde una gran altura y, por un milagro o el azar, habían sobrevivido. ¿Qué era lo que pensaban conforme se acercaban al suelo? Que todo tenía remedio. La conversación no surgía de la nada. Frank, un compañero de trabajo, se había tirado por un puente de la A-3, y nunca lo entrevistaron en ningún sitio.
Yo redacté hace muchos años el final de una novela que nunca empecé. Le puse por título Charada, y era la época en que aún lo escribía (casi) todo en lengua aragonesa. Decía así la última línea: e cuan tiengo ro sulero más amán a cada inte. Y cuando tengo el suelo más cerca a cada instante… Lo pensaba un suicida, el personaje principal, que se había tirado de un balcón. Como Chusé Izuel.
Amarillo me ha dislocado, porque me ha situado ante la radicalidad, ante el rechazo, y creo que este escrito no da muestra del alejamiento ideológico, de la prevención total no ante el ejercicio de escritura en el límite, brillantísimo, de Félix Romeo, sino ante el sentido de su lectura. Ya lo he dicho algo más arriba, y he querido ser críptico. Pero no puedo entrar en los reproches sin ser claro.
Diré primero lo que he subrayado. Javier García Sánchez publicó una reseña del único libro de Izuel, Todo sigue tranquilo, en El Mundo. Al final de la misma, que Romeo transcribe en su totalidad, como hace con otros tantos textos, el crítico y novelista dice: Chusé Izuel se tiró por la ventana. Tenía veinticuatro años y poca fe. Pero amaba. No duden que, al menos en aquel preciso y sublime instante, su melena larga y negra conoció la plenitud, la libertad (pp. 32-33). Mentira. Todo mentira. Literatura barata, tópicos residuales. ¿Plenitud?, ¿libertad? Falacias que alimentan el mito adolescente, y envenenan los cerebros de quienes al elegir seguirán la pauta de lo fácil. Porque nadie debe engañarse. Es mucho más sencillo beber hasta emborracharse, fumarse tres paquetes de cigarrillos, y ponerse de droga hasta los ojos, que plantar cara a la marginalidad vendida como gloria, y negarla, y renegar de ella, e intentar construir sin alterar la altitud de las palabras un mundo lo más a resguardo posible de la incontinencia de la depresión. El pozo llama al pozo porque no necesita a nadie para salir de él. El nihilismo aclama al nihilismo. Y todo adolescente y todo joven tocado por las letras o por el arte coquetea con lo marginal, lo heterodoxo y lo nocivo, porque piensa que eso son las letras y el arte, y no justamente cuanto lo corrompe. A Chusé Izuel le pasó igual, y eso me duele. A Juan Lozoya, poeta y amigo, le ocurrió también lo mismo, pero al revés: de la droga, el alcohol y el sexo fácil pasó a ser la excelencia de hombre que siempre fue; por desgracia, su hermano se plantó un día detrás de él con una escopeta, y le disparó en la nuca. Estaba loco, pero nunca lo ingresaron en el manicomio de Jesús.
Diré también algo más. Los puntos de no retorno deben de existir en casi todo, salvo en el pedido de la Gracia. Así que Chusé volvió a equivocarse cuando escribía es demasiado tarde para echarse atrás (p. 21), ni tengo nada ni espero nada (p. 15), cordura, sensatez, autocontrol = basura (p. 142)… La “basura” lo hubiera salvado de tirarse balcón abajo en Barcelona hace casi veinte años. Y su hecho demuestra, con el silencio resonando tras el golpe, que estaba dolorosamente equivocado.
No, no hay enseñanza. No hay salvación. No hay lugar para las bromitas o los recuerdos post mortem. No la hay fuera de lo que salva. I’ll be fearless for You, canta Building 429, y aquí encontramos una nueva épica. O los jóvenes deberían de encontrarla, y no ver nada romántico, emulable, deseoso, hermoso o literario en el hecho de que un buen o gran o mediocre escritor como Chusé Izuel decidiera poner fin a sus días saltando al vacío; mejor dicho, saltando hacia el asfalto. Por eso Amarillo es inmoral, porque llama a la duda respecto a lo que no debe ser ejemplo para nadie. Y por eso es también un gran libro. Félix Romeo ha escrito un treno por su amigo. Muchos años después. Pero eso no importa. Es esa calidad humana, ese gesto de un recuerdo imborrable, lo que también engrandece el escueto volumen, la profunda reflexión sobre los límites de la amistad, sobre sus turbios requiebros.
Alcohol, tabaco, drogas, borracheras, sexo triste, vulgaridades, desasosiego, aburrimiento, lugares comunes literarios, extrema juventud… Esos son los ingredientes de cuanto se nos narra en Amarillo. No hay nada que sacar de ahí. Ninguna enseñanza. Por donde quiera que se mire. Así que malditos aquellos que, con su palabra o con sus hechos, pretendan arrastrar hacia el abismo a quienes, como Chusé Izuel, piensan encontrar la vida eterna en esa inmundicia.