martes 2 de febrero de 2010
Esclavitud capitalista
No suelo tratar de estos temas en Aunque tal vez…, pero tampoco me apetece ponerme a escribir artículos. Salvo para asuntos menores o amistosos, me he propuesto no perder el tiempo (es así de crudo) dedicándome demasiado al periodismo. Ha habido momentos en que he llegado a escribir cuatro artículos de 50 líneas al día, para que después duren lo que dure la noticia y al cabo de un año no recuerdes a qué santo venía tu algarada o tu indignación. Por eso tampoco voy a entrar demasiado en la nueva medida gubernamental, sino en el efecto que me produce el efecto que causa.
Nadie de mi entorno laboral (una docena de personas directamente) está en contra de que a los trabajadores se les recorten sus derechos y se realice una injerencia directa sobre su vida, aumentando la edad de jubilación a los 67 años. Este número es, evidentemente, circunstancial, pues los 70 son una cifra más redonda que si no ponen estos, ya pondrán los que vengan.
Cuando era joven, devoré los libros publicados por Olañeta dedicados a los indígenas norteamericanos, y recuerdo un dato que me marcó: la forma de vida de aquellos pueblos les permitía dedicar al ocio más del 80 % del tiempo diario. Y no estoy tratando de mitificarlos: guerreaban, se odiaban, luchaban unos contra otros, y no dudaron en aliarse a los conquistadores europeos para ajustar antiguas cuentas con otros pobladores indígenas. Eran seres humanos, con defectos y virtudes, pero su historia externa no tiene por qué colidir con su vida interior, con el respeto hacia la naturaleza, con el cultivo del espíritu.
El 80 % del tiempo dedicado al ocio… Si lo hacían era porque sabían cómo disfrutarlo. A lo mejor, ahora, en esta brutal sociedad capitalista regida por el neoliberalismo, la mayoría de personas ya no sabe en qué emplear su tiempo libre, y por eso medidas como la de aumentar la edad de la jubilación no le parece mal. Sin embargo, yo sospecho… Sospecho de que PP y PSOE estén de acuerdo en ella; sospecho de que tomen una medida contraria a los intereses de la oligarquía capitalista (que siempre es plutocracia, a todo esto); sospecho de que piensen en el bien de los ciudadanos y no en sus intereses; sospecho de que se haya anunciado tras la cumbre de Davos (donde, por otra parte, el presidente sudafricano ha alabado las bondades de la poligamia…); sospecho de que eso no sirva para esclavizarnos más y acallarnos más.
Uno de los grupos sociales emergentes es el de las personas con más de 60 años y jubiladas. Están libres, se organizan, están activos, quieren aprovechar los que pueden ser sus diez, veinte o treinta últimos años de vida (que no es poco), viajan, leen y opinan. Crean opinión. Yo estoy encantado con esto. Los partidos políticos parece que solo piensan en los jóvenes como la base activa de la sociedad, cuando la mayoría se incorporará a las estructuras laborales cuando roce la treintena; sin embargo, en quienes han traspasado la madurez solo se piensa en términos de cuidado y de que estén felices bailando o haciendo el tonto. No sé si será indicativo de nada, pero muchas noches, mientras yo me dedico a leer poesía, las personas que superan los 80 años en mi familia siguen con vivo interés cualquier debate político.
Es una lástima que no se cuente más con quien por edad está más aposentado, se ha liberado de muchos condicionantes y no tiene miedo a decir lo que piensa. Esto es lo que yo opino. Pero a lo mejor no opina lo mismo la oligarquía neoliberal: una persona ocupada hasta los 67 años (y, repito, no tardaremos en llegar a los 70), es alguien al que se le va a agotar más: trabajar, vegetar y dormir. Y para muchos varones, tal y como van las cosas, jubilarse a los 70 años significará no jubilarse, pues las Parcas los encontrarán antes. No pensará, no tendrá tiempo de plantearse nada, no podrá decidir ningún cambio radical en su vida.
El tiempo no es infinito, y menos el humano. Aumentar la edad de jubilación no es beneficioso, sino un ataque directo contra nuestra libertad y los derechos que habíamos adquirido. No es mi problema que mucha gente no quiera saber en qué emplear su tiempo libre. Pero el Estado demuestra, de nuevo, que no proporciona a sus nacionales (no he dicho “ciudadanos”) ningún beneficio por el hecho de serlo, y que al final resulta una gran patraña todo sentimiento que se nos quiera imbuir sobre él.
jueves 21 de enero de 2010
Recuerdos, canciones y proyectos
Estaba intentando organizar y darme una vuelta por el blog, cuando tras colgar el link al pequeño vídeo sobre el montaje Lorca a La Nau (2008), del que fui coautor, aunque su magna mater, guionista y director fuera Manuel Ángel Conejero, me he encontrado una joya que, por suerte, casi año y medio después, aún sigue donde estaba. No os asustéis. Hoy no os subiré a ningún cantante japonés, seré bueno, y así podréis dormir tranquilos… Hoy pondré una pequeña pieza, un “regalo” que me hizo (nos hizo a Rosa María y a mí) el actor Antonio Escámez. Estos meses, desde que volvió de Los Ángeles, y hasta que se vuelva a ir (snif…) anda ajetreadísimo con un largometraje y no sé qué otras cosas. Y hoy mismo me he referido a él como “mi divo privado”, porque en todo lo que escribo para la escena o el estudio, solo lo tengo en mente a él. El vídeo que os muestro es muy cortito. Lleva por título Creando a Gabriel, y sabréis pronto por qué digo lo de “regalo”. Antonio es camaleónico como nadie. Igual hace de Erastés en mi Thule, de sindicalista en Amar en tiempos revueltos, de jovencito tímido en Aquí no hay quien viva o de sacerdote… Tiene una gran proyección y es muy joven. Deseo con todas mis fuerzas, dentro de algunos años, correrme una fiesta tremenda en Hollywood haciéndome fotos con él y su estatuilla dorada… No le perdáis la pista.
viernes 8 de enero de 2010
Identidad
He oído decir a alguien: “En Teruel ciudad, hay 20 centímetros de nieve”. Y he recordado Teruel, cuando pasé una noche en su parador nacional. Había muerto mi tío abuelo Valeriano, y mi padre decidió que dormiríamos en ese establecimiento. Yo tendría recién inaugurada la adolescencia, y empecé a componer esa madrugada una pieza para piano, Música nocturna en Teruel, que me gustaba bastante (en aquel momento, deseaba ser compositor, no escritor). Teruel –la ciudad o la provincia, de donde procedía gran parte de mis ascendientes– ha brillado siempre con sugerentes connotaciones para mí. Por ese motivo, oigo hablar de ella, y se me agitan muchas cosas. He pensado, por ejemplo, en los familiares que allí vivían, y me he percatado de que ya no me queda ninguno (“amigos”, tan solo uno, el escritor Chusé María Cebrián Muñoz, con quien no hablo desde hace casi dos décadas…). Mis vínculos con la ciudad aragonesa llegaron a ser muy fuertes en la niñez: mis tíos Valeriano Laínez y María Monterde, mis primos segundos Enriqueta y Francisco (con Pepe, el que sería marido de ella), mis “tíos” no sanguíneos Francisco Palacios y Victoria Cárdenas… junto a los familiares que venían de Ferreruela de Huerva, o adonde íbamos en verano. De los siete nombres que he dado, solo sobreviven dos; y en Sevilla y Valencia, con lo cual mis vértices “biodésicos” carecen ya de aquella referencia concreta, tan íntima. Teruel, por tanto, forma parte de mi recuerdo, no de mi vida.
Me pregunto, entonces, qué otras ciudades o territorios la han sustituido. Y no los hallo. No encuentro centros donde se coagulen amigos y familiares, todos juntos, y el viaje se convierta en imprescindible. Uno los conserva aquí y allá, lejos de donde vive, a los que ve poco, con los que habla algo más, y con quienes se escribe todas las semanas, pero uno empieza a no sentirse atado a ningún espacio específico. Por mi obra literaria y mi tarea editorial, el lazo con Asturias (con Oviedo y Gijón) fue crucial a comienzos de siglo y milenio, sin embargo ha disminuido sustancialmente hasta quedar en mero contacto esporádico (a no ser que ahora Asturias incluya también Huelva, porque en ese caso…); no obstante, desde hace algún tiempo, la relación con Galicia (y, en concreto, con Vigo, ciudad que me fascina), ha experimentado un alza que me gustaría afianzar y fortalecer, pero a diferencia de mi afer astur, donde se me considera un bicho raro, en Galicia soy yo quien considera que está en otro país.
Esto no lo digo como crítica, y a mis amigos de allí les encantará leerlo, supongo, y no les estoy halagando el orgullo patrio, de verdad, sino limitándome a constatar un hecho: me siento más extraño en Galicia que en Grecia (y si hablara griego a la perfección, la extrañeza sería más sobrecogedora): paisaje, clima, tipos humanos, idiosincrasia, vegetación… Sin embargo, hago mío el título de Castelao, Sempre en Galiza, y cada año busco alguna excusa para dejarme caer por cualquiera de sus ciudades… y ver, charlar y compartir. Fui por primera vez a los 15 años, en 1985, y tengo grabadas a fuego las murallas de Lugo, los acristalados y blanquísimos edificios de A Coruña, la plaza más hermosa del mundo en Compostela, y el trasiego urbano de novela negra de Vigo. Algún año habremos de irnos un mes entero a aquellas tierras, con tiempo para todo: pasear por los montes, visitar los castros, ir a la playa (?), escribir un libro en gallego (el segundo o el tercero), estar más con aquellos a quienes estimas y aprecias, sin agobios, e navegar ao lonxe no mar…
Por eso Teruel desaparece de mi horizonte (nunca de mí) y surgen otros territorios. Así en todo. Entonces, ¿cuál es mi “pureza” originaria? ¿Me estoy convirtiendo en traidor a algo?, ¿estoy dejando de ser yo mismo? Los lugares han de ser amados porque en ellos hay algo que se introduce en ti, en tu experiencia, en tus deseos, y de ello no desearías desasirte. Por eso, imagino, yo amo ahora Valencia, Caudiel, Ferreruela de Huerva, León, Madrid…, pero también Islantilla, Barcelona, París, Cuenca, Soria, México D.F., Tokio, Vigo, Encamp…
Hace ya algunos años escribí una lacerante crítica de un libro de Amin Maalouf, Identidades asesinas. La madurez te lleva a ver que la identidad, como aseguraba el gran escritor libanés, siempre es múltiple, y que ahí está nuestra riqueza, nuestra individualidad y nuestro valor.
martes 5 de enero de 2010
Regalar trabajo
Es la noche de Reyes, y hemos estado todos preparando paquetes, envolviendo regalos, comprando algunos detalles para quienes queremos. Ahora, a esperar a las doce, cuando los Magos de Oriente dejarán en los anhelos de los más pequeños la esperanza de lo maravilloso, y en nosotros los recuerdos de cuando una vez fuimos niños. Mi amigo Víctor Devicienti me ha puesto un mensaje hace un rato. Me hacía una pregunta imposible, de este estilo: “si los Reyes son inmortales, ¿no nos dejarán acaso algo inmortal?” Si es de carne, Víctor, me temo que no… Quién sabe si pueden dejarnos la inmortalidad del deseo. Con eso habría suficiente; aunque ya dijo mi apócrifa Safo hace casi veinte años, y en lengua aragonesa: antis que deseyar, bi ha que deseyar deseyar [“antes que desear, hay que desear desear”]. Deseemos desear, pues a mí, a veces, y de modo creciente, se me olvida.
La tarde ha sido tranquila, corrigiendo un libro que he de enviar a la editorial pronto. Es un pequeño ensayo que reúne algunos artículos y un par de conferencias. He tenido a mi amigo Pedro Gómez-Valadés revisando el texto para dejarlo en perfecto gallego, y todavía a última hora de hoy le he molestado con algunas ultracorrecciones que me estaban volviendo loco. Todo eso me pasa por escribir en lenguas que no son las mías, pero no hay más remedio. He acompañado la lectura de mi ensayo con tres obras del compositor estadounidense Erik Lotichius. Da igual, no lo busquéis. El primer movimiento de su Concierto para piano nº 2 empezaba a lo Sergei Rachmaninov y continuaba a lo George Gershwin; en el segundo, parecía haberse colado la “Claro de Luna” de Ludwig van Beethoven; y, en el tercero, ¿Bela Bartók? Amalgama, kitsch, música prescindible. Me encantan los Estados Unidos, y nadie dirá nunca que he pronunciado una palabra en contra, pero esta musiquita de banda, ridícula, anacrónica, que inunda ahora los sellos europeos (Naxos, Brillant) con precios increíbles (3,95 € me costó el cedé) no merece la pena ni que sea editada y distribuida aquí, donde nuestra sensibilidad está junto a otras propuestas, que también han venido de los Estados Unidos (John Cage, Elliot Carter, Morton Feldman…), además del resto de Europa, claro. ¡Si Edgar Varèse levantara la cabeza y viera lo que se ha hecho desde su Ionisation! Por fortuna, he remediado la escucha de Lotichius con algunas obras de György Ligeti. Ah, sí, eso sí.Por cierto, esta mañana, mientras me dirigía veloz a la Librería Patagonia me he cruzado, sin que ella se percatara, con Martaerre Sobrecueva. Iba pedaleando y la he mirado fijamente, pero el tráfico ha tenido más poder que yo.
domingo 3 de enero de 2010
Lluvia
Rosa María y su hijo se han ido a comprar por ahí, y yo me he quedado leyendo y hojeando libros y artículos de mi buen amigo Antonio Ruiz Vega, a quien espero ver muy pronto. Sigo en mi investigación sobre el paganismo, de donde espero que salga algo concienzudo y sin tomas de partido previas, y sobrellevo la tarde de domingo mejor que otras veces debido a las gratas pausas vacacionales de estos días. He entrado al blog porque al consultar el correo me he encontrado un mensaje de mi amiga y paisana la escritora Rosario Raro. Me regala dos frasecitas pluviales que podéis ver como comentario de mi entrada de ayer. Y quiero ahora glosarlas.
La lluvia lo borra todo me ha traído a la cabeza dos canciones: “Night Calls” de Joe Cocker y “Healing Rain” del cantante cristiano Michael W. Smith. Vemos la lluvia como algo sanador, que arrastra lo impuro, siendo lo impuro cualquier cosa susceptible de negarnos. La lluvia nos libera siempre que no nos ata. La lluvia en la ciudad tiene su mitología propia, en mucho cinematográfica, si bien es en la naturaleza donde su caída goza de la doble virtud de limpiarnos y de someternos al ciclo natural de la tierra y los árboles, de las nubes y los cielos. Oímos llover en la ciudad y deseamos resguardarnos; oímos llover en un pueblo, y nuestro anhelo es perdernos por el bosque, atentos a la llamada de lo que va más lejos de lo que podemos verbalizar o sentir. La lluvia sana siempre, aunque tan solo marque el comienzo de un proceso de interiorización. Y aquí la primera frase enlaza directamente con la segunda aseveración:
La lluvia son lágrimas del cielo por lo que no nos atrevemos. Ninguna canción me viene aquí al recuerdo. A lo mejor, la juventud en su conjunto, y aquello a lo que no me atreví tras una cena muy casera mientras yo decía “hay algo que te quiero decir” y mi interlocutora me respondía, “sí, que el verdadero amor es entre hombres”. Pero no voy a pretender que nadie llore por mí, y menos los Dioses… felices siempre en su gozo eterno. Me gusta la frase, y vanidoso que soy… me encantaría que la lengua española gozara de una primera persona del plural con la posibilidad de escoger inclusividad. Las cosas estarían siempre mucho más claras.
Deseo que mis otros yoes se sientan ahora satisfechos, y alguno, vengándome, haya ido sin demora a por una bella rockera inmortalizada frente a un templo japonés. ¿De belleza hablaba yo? Y de todas las lluvias que sanen.
La canción de Michael W. Smith, que la de Cocker la conocéis seguro:
sábado 2 de enero de 2010
Anamnesis
Me he levantado relativamente tarde para mis estándares (poco antes de las 7:30 de la mañana) y me he puesto a trabajar en el libro que me posee en pleno desde hace varios días. He ocupado el sillón tras realizar la oración matutina y he estado leyendo hasta el instante de situarme frente al ordenador e intentar aclarar las ideas. A las 8:36, había amanecido, pero ni mucho menos resplandecía en el cielo gran claridad. Y, sin haberme percatado antes, allí la he visto: una luna cuasi llena, blanquísima, inmensa para la hora tan tardía; Selene mostrándose en una cálida mañana de invierno, tras un primer día de año gozado en la tranquilidad amable de la casa materna. He estado mirándola varios minutos en un azul no perturbado por las nubes que se ciernen ahora. De vez en cuando, algunas palomas la atravesaban o la enmarcaban, mientras su silueta se iba diluyendo. Luego dicen que los Dioses no existen… El giro de la Tierra ya hace imposible ahora su visión, y estará apareciendo en otros territorios de nuestra Europa, y luego del océano que se abre… Tengo amplitud cósmica esta mañana. A lo mejor es por los 2 Radio Solos (1980) del artista pluridisciplinar canadiense Michael Snow (1929), que publicó el sello Blackwood Gallery (y que podéis comprar aquí: Arsonal, pues lo distribuye mi amigo Ferran Cuadras). Es la segunda vez que los oigo, y resultan muy hijos de su tiempo. Unas obras para radio y grabadora, como son estas, parecen desde una pieza electroacústica (soberbia en algunos fragmentos) hasta un collage sonoro recortado de lenguas, noticiarios y sintonías de diversas procedencias. Es aquí donde se aprecia el instante de su grabación, y a veces incluso se intuye el espacio (por desgracia, también a Julio Iglesias en algún instante…). El ruido, tal y como decía John Cage, iba a ser parte de la música en el futuro (en nuestro hoy). Hay secciones que son obras de arte.
Para mañana, la predicción del tiempo anuncia lluvias, pero no sé si estas no acabarán adelantándose a hoy, con cada vez más tonos amenazantes de tormenta y un sol huidizo, receloso. Los 2 Radio Solos están por acabar y creo que voy a volver a escuchar el segundo de ellos, The Papaya Plantation.
domingo 20 de diciembre de 2009
Solsticio de invierno
Lunes 21 de diciembre de 2009, a las 17:48 se pone el sol en España. Da comienzo la noche más larga del año. Es el solsticio de invierno, la puerta de los Dioses. A partir de ese instante, la luz comienza a renacer. Llega la estación del recogimiento, pero con la promesa de más luz cada día. He aquí la festividad que nos reconcilia con nosotros mismos. La sangre que corre por nuestras venas no puede ser sino europea, de los Dioses y las Diosas, del Lobo y de la Piedra. Os dejo aquí un himno a la Luna de un fascinante grupo femenino griego, Daemonia Nymphe. Que lo gocéis. Y que los Dioses os sean propicios en la búsqueda de nuestras raíces.
sábado 19 de diciembre de 2009
Diciembre frío
Por ahí fuera hace mucho frío… Ayer hablé con mi amigo Vicente Zaldívar, de León, y me habló de toneladas de nieve, de muchos bajo cero en el termómetro. Aquí tampoco nos libramos de una temperatura más baja de lo acostumbrado, pero no sé si es peor la experiencia gélida o el anochecer tan pronto. A las cinco de la tarde, ya puedes ir dando las luces si quieres leer. Nos recogeremos todo lo posible, y crearemos una primavera a nuestro alrededor. Para ello, os cuelgo el clip del tema “It’s Alright” del cantante israelí Aviv Geffen. Y a gozar como en un anuncio de Martini…
jueves 17 de diciembre de 2009
Indagaciones
Joaquín Cantero, abogado, buen amigo y mejor compañero (esto se suele decir al revés, pero me limito a reflejar la realidad), y un hombre del que ninguna mujer debería desprenderse, me pregunta, nada más entrar a su coche, quién es M. Se me ha escapado una leve risa que Lola y Ágatha, que habían ocupado sus plazas en los asientos de detrás, han comentado con extrañeza. Joaquín ha añadido algo así como “fijaos que me ha entendido sin que le hubiera de explicar nada”. De M. hablaba mi última entrada de este diario. Joaquín lo lee.
La escena que comento parece festiva, pero no lo era en absoluto. Nos dirigíamos los cuatro a un funeral, y la tensión siempre ha de ser liberada cuando uno va a estar junto a una persona, a la cual aprecia, que está sufriendo. Si no fuera así, la empatía nos haría rodar también a nosotros.
La pregunta se ha quedado flotando, pues no ha habido tiempo de hablar demasiado. Ni a la ida, ni a la vuelta. Joaquín, además, está de vacaciones.
¿Quién es M.? Mi respuesta no le va a dejar satisfecho, pero…
M. es el recuerdo de una vida imposible.
Dejémoslo ahí, porque no hay, ni hubo, nada más, salvo la aparición de ese “recuerdo” al ver a la hija de mi vecina –junto a otro, experimentado con M.; y otro más, fortísimo… Bueno, hay más, pero no hay más.
Lo curioso para mí han sido esas experiencias que, como digo, no han sido fantasías, sino emergencias de universos distintos, la extrañeza de que estuviera pasando algo que no debería de estar pasando: “¿qué hace mi hija con esta extraña?, ¿dónde está su madre?”. Esas cosas le sucedían también a Philip K. Dick (no sé si es buen ejemplo para mi salud psíquica) cuando afirmaba recordar vidas paralelas a la suya. A lo mejor no es una experiencia placentera en el instante, pero nos permite rellenar páginas de diario…
Y como Joaquín siempre se queja de la ambigüedad de los cantantes de los vídeos que cuelgo aquí, le voy a poner uno sin ambigüedad ninguna. ¡Ja, ja, ja!
Por cierto, esta canción me la cantaba todas las noches cuando fui Alejandro Magno. ¡Ja, ja, ja!
martes 15 de diciembre de 2009
Blogs
La fiebre de la escritura me hace llevar varios blogs en paralelo. Os paso los nombres y las direcciones para que os dejéis caer. Cada uno en una lengua, para al final no saber en cuál escribo:
Some Other Words.
Palabres perdíes pa Dánae L.
Pronto más.
Some Other Words.
Palabres perdíes pa Dánae L.
Pronto más.
sábado 12 de diciembre de 2009
M.
Esta tarde he estado esperando el ascensor con una vecina del piso contiguo al mío. Venía de comprar y yo de una comida en casa de mi madre, con mis tíos de más de 80 años pero que parece que tengan 50 –y no exagero.
Mi vecina no sé qué nombre tiene. Y me molesta no saberlo. Uno se muda a un sitio y, evidentemente, ya no es como antes. Tienes sus ventajas, para qué negarlo, el anonimato, pero los vecinos de hace cuatro décadas parecen de la familia, como esos primos que viven en ciudades lejanas y, cuando te los encuentras, te da mucha alegría pero no tienes ni idea de qué hablar… Lo siento, divago.
Mi vecina enviudó muy joven. A pesar de esa juventud, tenía ya dos hijos, cosa que no le impidió adoptar hace unos años una niña en China. La niña es muy linda, y siempre va vestida con ropa que la convierte todavía en más linda. Bueno, pues el caso es que se parece mucho a M., barbaridades, hasta el punto de que mi cabeza sufre cortocircuitos, porque entonces tengo a una M. pequeñita junto a mí que alguna cosa tendrá que ver con M. y conmigo… ¿Me captáis? M. no era –no es, pero el pasado está escogido a propósito– de China; sí sus abuelos paternos, por lo que no es descabellado que una niña china me recuerde a M., aunque los rasgos no sean los de la mayoría de las muchachas del país de Asia de donde es M.
Estos fenómenos “paranormales” los considero una suerte de déjà vus ficticios, es decir, de algo diferente a la fantasía, por eso crean desasosiego y descentran de la realidad. En fin, la hija de mi vecina estará jugueteando en su casa, y yo estoy escribiendo en mi habitación. Me centraré en un artículo pendiente.
Para contrarrestar esta verborrea, voy a colgaros un vídeo de un cantante coreano, Rain, que me pareció idóneo para el tiempo de invierno que se acerca (no, Corea no es el país de M.). Música de escucha veraniega, blanca. Y lo hago con reservas: poniendo un clip de Corea me siento un poco traicionando a Japón, mi Japón…
Y como hacían en la radio hace años, quiero dedicar esta canción a Felip Bens, porque una tarde de hace 15 o 16 años nos encontramos en la cafetería de la Filmoteca de Valencia, poco antes de su boda, y me dijo algo de las islas Filipinas. Y se debe de acordar, ¡anda si se debe de acordar…!
sábado 5 de diciembre de 2009
Mircea

Llevo varias semanas trabajando sobre Mircea Eliade. Y a diferencia de lo que me ha ocurrido con otros autores sobre quienes he escrito, con él no hay en ningún momento una caída del interés, un esfuerzo por seguir adelante, ganas de acabar. Todo lo contrario. Para lo mucho que publicó, he leído poco: tres libros de diarios, tres o cuatro novelas, dos o tres ensayos… además de artículos sueltos y entrevistas. Es, sin dudas, uno de los grandes nombres de la intelectualidad europea del siglo XX, y también es de los pocos que ha conseguido convertirse, en cierta manera, en mítico. Su novela autobiográfica Maitreyi (también conocida como La noche bengalí) y la novela que Maitreyi Devi, su amada en Calcuta, escribió al cabo de los años: No muere (el amor, claro; publicada en España con el título de Mircea), han alcanzado la cúspide de los amores eternos e imposibles, como los de Alfieri, Byron… o el de Romeo y Julieta. En pocas palabras, Mircea Eliade tiene muchas características que lo convierten en un personaje e intelectual donde caer y recaer, al margen de las innumerables anotaciones que he hecho en sus diarios sobre aspectos de su vida y su sentir donde me reconozco.
Esta tarde he regresado a su Diario portugués (1941-1945), en concreto a los fragmentos que redactó aprovechando sus viajes a España, y me he quedado meditando en una anotación de noviembre de 1942 realizada en Toledo. Eliade es taxativo en su vivencia de nuestro país: mi gran amor por España (p. 50), dice, o de España me gusta todo (p. 50), de ahí el placer con que se allega a los rincones que visita y la atracción que le causan las gentes. Evidentemente, en el Toledo de la postguerra, la presencia de varios rumanos de postín paseando por sus calles sería algo que llamaría la atención (Eliade era miembro del cuerpo diplomático, y acompañaba a un ministro y a otros intelectuales de Rumanía). Por ello, no me ha sido ajena la siguiente frase: las chicas que esperaban largo rato que entrásemos y nos retratásemos con ellas (p. 51). Pues bien, me he quedado pensando en esa foto que muy posiblemente aún se conserva en algún arcón de Castilla, en alguna caja con retratos de la bisabuela, o en algún marco realizado con hilos. Una foto de 1942, en una pequeña ciudad, de unas muchachas sonrientes junto a un grupo de señores importantes del extranjero. La cuestión es que algún hijo o nieto le habrá preguntado a la poseedora de la imagen quiénes eran esos hombres, y ella le contaría lo mismo que estoy escribiendo aquí: unos extranjeros con quienes nos hicimos una foto. Sin saber que uno de ellos era –ya era– Mircea Eliade. ¿Saldrá alguna vez la foto a la luz? ¿Llegará algún descendiente a reconocerlo?
En aquel instante, al sabio europeo le quedaban por vivir más años de los que llevaba andados. Sin embargo, su juventud, y con ella tal vez su plenitud vital (en Italia, sobre todo en la India, y en la Rumania del Arcángel), había accedido a otro plano de existencia: nunca repetible, pero siempre eterno.
Esta tarde he regresado a su Diario portugués (1941-1945), en concreto a los fragmentos que redactó aprovechando sus viajes a España, y me he quedado meditando en una anotación de noviembre de 1942 realizada en Toledo. Eliade es taxativo en su vivencia de nuestro país: mi gran amor por España (p. 50), dice, o de España me gusta todo (p. 50), de ahí el placer con que se allega a los rincones que visita y la atracción que le causan las gentes. Evidentemente, en el Toledo de la postguerra, la presencia de varios rumanos de postín paseando por sus calles sería algo que llamaría la atención (Eliade era miembro del cuerpo diplomático, y acompañaba a un ministro y a otros intelectuales de Rumanía). Por ello, no me ha sido ajena la siguiente frase: las chicas que esperaban largo rato que entrásemos y nos retratásemos con ellas (p. 51). Pues bien, me he quedado pensando en esa foto que muy posiblemente aún se conserva en algún arcón de Castilla, en alguna caja con retratos de la bisabuela, o en algún marco realizado con hilos. Una foto de 1942, en una pequeña ciudad, de unas muchachas sonrientes junto a un grupo de señores importantes del extranjero. La cuestión es que algún hijo o nieto le habrá preguntado a la poseedora de la imagen quiénes eran esos hombres, y ella le contaría lo mismo que estoy escribiendo aquí: unos extranjeros con quienes nos hicimos una foto. Sin saber que uno de ellos era –ya era– Mircea Eliade. ¿Saldrá alguna vez la foto a la luz? ¿Llegará algún descendiente a reconocerlo?
En aquel instante, al sabio europeo le quedaban por vivir más años de los que llevaba andados. Sin embargo, su juventud, y con ella tal vez su plenitud vital (en Italia, sobre todo en la India, y en la Rumania del Arcángel), había accedido a otro plano de existencia: nunca repetible, pero siempre eterno.
jueves 19 de noviembre de 2009
Dios-s
A mí hay cosas que me turban. Con mi buen amigo el diseñador Víctor Devicienti, suelo divagar en torno a los Inmortales. Coincidimos en numerosas apreciaciones, y él desde el agnosticismo y yo desde la furibunda creencia, intentamos elaborar estructuras de pensamiento, modelos sobre material de carne y huesos, de lo que en la antigüedad pudo apreciarse como divino.
El otro día, a mi amigo José Luis Piquero (quien dice estas cosas de mí), le copié en una larga carta un fragmento de un libro del filólogo alemán Walter F. Otto que no puedo sustraerme a insertarlo también aquí. Procede de su libro Teofanía. El espíritu de la antigua religión griega, y espero que sea lo suficientemente explícito. Tras la teoría, está claro, la práctica, razón por la cual os adjunto un clip ya antiguo, de una canción (¡cómo no!) de L’Arc-en-Ciel. Hala, venga, sin miedo:
El otro día, a mi amigo José Luis Piquero (quien dice estas cosas de mí), le copié en una larga carta un fragmento de un libro del filólogo alemán Walter F. Otto que no puedo sustraerme a insertarlo también aquí. Procede de su libro Teofanía. El espíritu de la antigua religión griega, y espero que sea lo suficientemente explícito. Tras la teoría, está claro, la práctica, razón por la cual os adjunto un clip ya antiguo, de una canción (¡cómo no!) de L’Arc-en-Ciel. Hala, venga, sin miedo:
Las generaciones anteriores, a causa de su prejuicio religioso, estaban ciegas
ante lo Divino de esas figuras gloriosas que no se enfrentan al hombre en actitud majestuosa y con la mirada llameante, sino que, envueltas en el
resplandor de su divinidad, aparecen infinitamente alejadas y, no obstante, son
visibles al ojo devoto que, con la visión de su eterna beatitud, se beatifica a
sí mismo. A la vista de semejante imagen, toda crítica debería callar. Comparado
con ella, aun lo más solemne es demasiado humano.Así, el Apolo Belvedere pasa ante nosotros liviano, como sobre nubes, vencedor como el sol naciente, demasiado grande en su reluciente exquisitez para ser tocado por el celo y la ira, elevado hasta por encima de la santidad.
O resumiéndolo con un verso de Rabindranath Tagore: Tengo sed en los ojos.
miércoles 11 de noviembre de 2009
Talvet

Esta tarde hemos recibido un par de ejemplares de mi traducción al valenciano del ensayo Una crida a la simbiosi cultural de Jüri Talvet. Con esto, cierro una deuda de mucho tiempo, en un libro que primero traduje al español y después, por política editorial, hube de retraducir al valenciano. Pero ya está. Y eso es lo importante. No confío en nada más, porque los libros institucionales raramente alcanzan las estanterías de los grandes centros del libro o las páginas de los suplementos de cultura de los periódicos. Y es una lástima, porque Jüri Talvet, poeta y ensayista estonio, una pluma finísima y de arrebatadora fuerza, debería de ser mucho más conocido en el país que podría muy bien considerar su segunda patria, no por haber vivido grandes temporadas en él, sino porque su labor hacia la lengua española, y la difusión de nuestra literatura en Tartu, es encomiable. Siempre he pensado que Jüri responde a la figura de “escritor europeo” que con tanta ansiedad buscaba Mircea Eliade. En una lengua minoritaria (si se me permite) y desde la periferia de Europa (como también nosotros), su reflexión alcanza lo universal, y es de lectura obligada.
El libro lleva un pequeño texto del también poeta y ensayista estadounidense Harvey L. Hix, profesor en la Universidad de Wyoming, de quien aprecio verdaderamente su poesía, e incluso he traducido algún poema bien complejo. Poesía filosófica, ardua, pero de cuya dificultad se extrae placer.
Si algo lamento es que el libro no haya podido salir en una lengua más valencianizada de lo que intenté que estuviese. Es un error sucumbir a los centralismos, y la pluralidad siempre es riqueza, más aún si se intenta construir un standard valenciano propio sin menoscabo de la comunidad lingüística internacional a la que pertenecemos. Pero parece que de esto también se ha abdicado.
No me pondré llorón. La publicación de Una crida a la simbiosi cultural. Meditacions des d’U? (con un interrogante que no sé de dónde ha salido) ha de ser festejo. Para mí es una gran alegría, y por eso lo repito y lo requeterrepito: estará pronto en librerías un gran libro: un ensayo en valenciano de un escritor de Estonia. Un libro europeo para europeos. En los tiempos que corren, más no valdría a todos cogerlo y leer.
El libro lleva un pequeño texto del también poeta y ensayista estadounidense Harvey L. Hix, profesor en la Universidad de Wyoming, de quien aprecio verdaderamente su poesía, e incluso he traducido algún poema bien complejo. Poesía filosófica, ardua, pero de cuya dificultad se extrae placer.
Si algo lamento es que el libro no haya podido salir en una lengua más valencianizada de lo que intenté que estuviese. Es un error sucumbir a los centralismos, y la pluralidad siempre es riqueza, más aún si se intenta construir un standard valenciano propio sin menoscabo de la comunidad lingüística internacional a la que pertenecemos. Pero parece que de esto también se ha abdicado.
No me pondré llorón. La publicación de Una crida a la simbiosi cultural. Meditacions des d’U? (con un interrogante que no sé de dónde ha salido) ha de ser festejo. Para mí es una gran alegría, y por eso lo repito y lo requeterrepito: estará pronto en librerías un gran libro: un ensayo en valenciano de un escritor de Estonia. Un libro europeo para europeos. En los tiempos que corren, más no valdría a todos cogerlo y leer.
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