sábado 29 de octubre de 2011

Jüri Talvet

Yo a veces tengo un problema con las cosas que me gustan mucho: las abandono o me olvido de ellas. Es como si quisiera prevenirme de algo: de una emoción estética demasiado profunda, de una sensación que soy incapaz de verbalizar y que veo innecesario intentar transmitir porque me sobrepasa, o porque temo que al acabar –al devorar– ese texto o esa ópera, ya no tendré de nuevo la posibilidad de acceder a ella de una manera virgen. Se me ocurren muchos ejemplos de esto. En novela, uno de los más recientes –aunque no de los más excelsos para quien sea extremadamente purista– me ocurrió cuando empecé a hojear una de las grandes sagas de Dan Simmons, Ilion. Cabe decir que para mí la Ilíada es libro de cabecera, que lo considero igual de sagrado que la Biblia, y que cuando me encuentro medio decaído, basta que empiece a susurrar el “Canta, oh Diosa, la cólera de Aquiles el Pelida…” para notar cómo la “Diosa” se apodera de mí y empieza a desterrar toda suerte de maldades mentales. Por ello, al abrir el primer volumen de la tetralogía del escritor estadounidense, y leer…:
Canta, oh, Musa, la cólera de Aquiles, hijo de Peleo, asesino, ejecutor de hombres destinados a morir, canta la cólera que costó a los aqueos tantos buenos hombres y envió tantas almas vitales y valerosas a la temible Casa de la Muerte. Y de paso, oh, Musa, canta la cólera de los propios dioses, tan petulantes y poderosos aquí en su nuevo Olimpo, y la cólera de los posthumanos, muertos y desaparecidos como parecían, y la cólera de los pocos humanos auténticos que quedan, por ensimismados e inútiles que puedan haberse vuelto. Mientras estás cantando, oh, Musa, canta también la cólera de esos seres pensativos sintientes, serios pero no del todo humanos que soñaban bajo los hielos de Europa, morían en la ceniza sulfurosa de Io y nacían en los fríos pliegues de Ganímedes.
 …hube de cerrar el libro de un golpe. El estupor y el deseo fue tal, que seguir se hubiese transformado en arrumbar lo trascendente, el gozo estético irreproducible, para acceder a lo literario, a lo que no dejaría de ser una “historieta” (dicho sea sin sentido despectivo y aplicable a cualquier novela).
Algo del mismo orden me sucedió, pero esto tiene más delito, con un libro enviado desde otra tierra de “hielos de Europa” y de “fríos pliegues”: Estonia. Jüri Talvet, soberbio poeta, intelectual e hispanista, nos remitió a Rosa María y a mí, dedicado, su segundo libro de poemas en español: Del sueño, de la nieve, publicado en Zaragoza, a finales de 2010, por la editorial Olifante, y traducido por Albert Lázaro-Tinaut. A mí me cupo el gozo de sacar en la editorial Llambert Palmart el primer libro en español de Jüri, Elegía estonia y otros poemas, también en versión del amigo Albert, y de sobrecogerme hasta el llanto con ese largo y significativo poema, “Elegía estonia”, un hito dentro de las letras europeas contemporáneas, tan dadas, por desgracia, a lo caduco o a lo vulgar.
Pero Del sueño, de la nieve no duró mucho tiempo en el purgatorio de los libros sin leer. Lo devoramos de inmediato. Algún poema lo había traducido, desde el inglés, al aragonés o al asturiano, pero la mayoría no. Jüri Talvet es un poeta, que diríamos aquí, culturalista, y de diálogo constante con la tradición no sólo estonia, sino sobre todo europea. Por otro lado, su afán metapoético, aunque no sea siempre explícito, subyace en muchísimos versos.
Sin embargo, este poemario en español iba con sorpresa final. No sé si un sexto sentido me hizo detectar un crescendo angustioso y dramático. Conforme avanzaba por las páginas del libro, iba acelerando la lectura. Experimentaba la necesidad de dar con el puro contenido de los textos, con una verdad esencial que se me estaba escapando. Y al final llegué a ese momento en que rimas, estrofas o deudas se tornan innecesarias. Si diseccionamos un poema, lo estamos destruyendo. Quizá por eso soy de los críticos que pocas veces hablan o escriben de lo que les gusta, pues no puedo decir más que “soberbio” o “sin palabras”. Será un defecto, sí, pero para mí es un acto religioso de creencia en la sacralidad, en la trascendencia, de lo que he leído. El gozo estético (o supraestético) es de tal entidad que rebajarlo al lenguaje de los hombres lo despojaría, para mí, de ese misterio.
Los cinco últimos poemas de la antología Del sueño, de la nieve de Jüri Talvet, y sobre todo el último, “Pinos”, no sólo son los más breves; son también los más “esenciales” en el sentido de que buscan captar la esencia de lo que está más allá de la poesía, es decir, de aquello que la poesía, desde los cantos primitivos, intenta transmitir. Los tengo desde aquel momento de la primera lectura en el espacio predilecto de las piezas inmortales, de los poemas que son la cumbre de décadas dedicadas a la literatura. En cuanto a vivencia del hecho literario, la prueba fundamental que le aplico a un poema es que me cause un cortocircuito que me lleve al llanto. Jüri Talvet lo consiguió con creces.
En Estonia, estuvimos hace año y medio. En Tartu, en Alatskivi, y en otros lugares más pequeños, con Jüri; en Tallinn, con su hija Laura Talvet, cineasta y periodista. La colaboración entre Jüri y yo comenzó hace mucho, gracias al escritor Salvador Santa Puche, que sirvió de bisagra. Yo le he traducido, él me ha traducido al estonio; yo le he publicado, él nos ha publicado; hemos contribuido en sus revistas, él en la nuestra; e incluso convertí en personaje literario a Laura en mi prosa “Anochecer en Tartu”, que publicó José Luis García Martín en el número 90 de la revista Clarín, hará pronto un año.
Estonia me es un país muy cercano, a pesar de su lejanía, y también de la enorme diferencia entre la idiosincrasia de las gentes del Mediterráneo y las del Báltico. Y su literatura, sorprendente y grande, con F. R. Kreutzwald, Kristian Jaak Peterson –¡¡ay, Peterson, de quien tanto me gustaría leer sus diarios!!–, Lydia Koidula, Juhan Liiv… De hecho fui buscando obras de todos ellos por librerías de viejo de Tartu, como un desesperado fetichista, aunque nunca fuera a entender una palabra. En esa lista de escritores estonios, Jüri Talvet aparece, a inicios del siglo XXI, como una voz inconmensurable, necesaria, y de múltiples registros. En su poesía, anida la verdad.

martes 12 de julio de 2011

Literatura íntima


Al volver de dar un paseo, me veo venir de cara a Rafael Ballester Añón, que pasaba a saludarme. Suerte la de habernos encontrado por azar, o no hubiésemos coincidido. Hemos quedado esporádicamente desde 1990 ó 1991, cuando transitábamos por las aulas de la Facultad de Filología con objetivos dispares. A ambos nos unía la querencia por la teoría fílmica, pero sobre todo el vicio de la literatura. La relación se hizo más estrecha cuando Rafael escribió en alguno de aquellos años un artículo para el suplemento PosData del diario Levante-EMV, “Poetas de los 90”, donde tuvo a bien incluirme entre los cinco o seis nombres mencionados. Yo había publicado algún texto en revistas (Ojuebuey, Ruxiada…) y mi primer poemario, Exotica martyria. Nada más. Al parecer, no le desagradaron.
Antes de los 90, sin embargo, yo había leído el nombre de Rafael Ballester Añón en varias antologías; es un hombre dadivoso a quien no le tiembla la pluma para hablar sobre gente más joven o a años luz de su calidad. Después, seguí viéndolo en antologías y en alguna edición (como la imprescindible que preparó de la Poesía completa de Eduardo Hervás), y no voy a negarlo: siempre me ha interesado todo lo que ha publicado, a pesar de prodigarse a sorbos muy pequeños, pero muy intensos: desde aquel poemario inicial con el subyugante título de Viendo otra vez a Caín transportar un haz de espinos hasta novelas de cariz experimental como Pensada y Enciclopedia. Si fuéramos un país de verdad (Valencia, digo), Rafael sería un nombre de referencia; y si la literatura no se moviera en el mundo de las marcas comerciales, también.
El caso es que hoy Rafael traía en la cartera un regalo: Cuaderno de ejemplos (2011), su título más reciente, que pertenece a la literatura claramente íntima por dos motivos: es un dietario escrito en 2002 y se trata de una edición de tan sólo 100 ejemplares. Al abrirlo y ver las fechas encabezando las casi siempre breves entradas, mi pregunta ha sido de maniático: “¡Un diario! ¿Pero un diario de verdad o… apócrifo?”. De verdad, de verdad… ha contestado Rafael pasmado. No he tenido la educación ni de explicarme, por lo que a saber qué habrá entendido que quería decir yo. Un diario, perfecto. Eso significa que no hay en estas páginas cuentos ni poemas ni teatro experimental ni maquinaciones ficticias, sino vida, pura vida. Me encuentro un tanto obsesionado con esto, la verdad. Soy incapaz de trabar ficciones, y siempre acudo a los recuerdos para escribir. “Normal…”, se me argüirá. Pues no tan normal, sobre todo porque uno de mis “dogmas” es: todo lo que escribas te ha debido de pasar o has debido de pensarlo; no puede haber ninguna recreación ni falacia. Y como uno tiene la vida que tiene, y ni recorre Papúa-Nueva Guinea todos los años, ni acaba de regresar de la boda del príncipe Alberto en Mónaco, ni es fotógrafo de moda en Nueva York, pues de pocas cosas dispone para contar. ¿Realismo puro? No; “puto realismo”, por decirlo en plata.
Pero Rafael hace trampa en Cuaderno de ejemplos… al menos un poco. Un diario, sí, vale… pero sus anotaciones parecen a veces o poemas o apuntes para un guión de largometraje, para un cuadro o para una visión fotográfica que el autor no nos puede transmitir. Así, por ejemplo, habría que entender la entrada del 19 de julio: “Amanecer. // Frente a Los Ángeles. // Agua asustada, sol de pintor nórdico. // Salir y secarse.” (p. 31); este párrafo del 19 de agosto: “Sobre el azul irreprochable del cielo, el arponazo del rojo de la camisa de una adolescente.” (p. 41); o la concisión del 21 de agosto: “Mar inmóvil. Como una fotografía.” (p. 43). Evidentemente, el ejemplo manido sería decir que se trata de cuasi haiku, pero me sobrepondré a la tentación. Sí semejan poemas algunos fragmentos, pero no tanto por las descripciones, sino por determinadas sugerencias que te perforan con toda su potencia metafórica: “Lenta lejanía del verano.” (p. 69), escribe Ballester Añón el día 15 de octubre; y esta delicadeza del 19 de octubre: “Mediodía. // Pequeña nube, incómoda de serlo, se desvanece.” (p. 71).
En Cuaderno de ejemplos, todo es exterior al autor/personaje. No reflexiona en voz alta, no se muestra como alguien vulnerable. Lo imaginamos en bicicleta yendo y viniendo, de un lugar indeterminado y, por tanto, siniestro, hasta la orilla de las aguas. Y allí se queda porque no puede seguir avanzando. Ballester Añón se ha vaciado de dramatismo, y pretende ser el observador ideal. Tan sólo en la primera de las entradas, del 19 de mayo, constatamos una cierta huella de la herida: “De vuelta, pasar ante el cementerio en el que están enterrados los padres.” (p. 15), pero sin posesivos, sin primeras personas, sin mayor carga sentimental. En todo el libro, será la visión y, más tarde, el recuerdo recurrente de una mujer de pelo corto con un niño el único hilo ajeno a la sucesión de días y de momentos iguales que siempre son distintos, es decir, el único componente dramático.
Por otro lado, esa sensación de cuadros dejados al fresco es potenciada por el uso de determinado lenguaje: participios, infinitivos, sustantivos… como si el verano hubiese traído el estatismo. De ahí que cuando aparece alguna forma verbal, el movimiento resulte casi violento, ajeno al mundo que Ballester Añón ha ido creando de mar y cielo y un par de caminos, de grandes masas detenidas a pesar de su rumor. La cita es del 11 de septiembre, se halla en el meridiano del volumen y no es posible su interpretación literal: “Comentan dos de estos últimos que hay poca gente en la playa. // “Estamos ya en otoño” –dice uno. // Es verdad: en cierto modo, estamos ya en otoño.” (p. 50).
Cuaderno de ejemplos, por tanto, no es un dietario, sino una obra muy reflexionada, y escrita con la conciencia de estar elaborando un proyecto literario y narrativo singular. Una pieza de culto de la última narrativa en Valencia.

lunes 27 de junio de 2011

Pedro Gandía

Odisea, una de las principales editoriales españolas de literatura gay, acaba de sacar a la luz la novela La Habana y después de Pedro Gandía, quien, a pesar de sus orígenes castellanos, lleva toda su vida afincado en Valencia. La hemos presentado esta tarde en la FNAC, y habían publicitado el acto con palabras semejantes a “¡Ven a celebrar el Día del Orgullo Gay con nosotros!”.
De Pedro Gandía, artista pluridisciplinar, conozco fundamentalmente su poesía y su fotografía, aunque una de sus esculturas tiene un lugar de preferencia en mi despacho. Nos conocimos cuando ambos íbamos a publicar en la colección “La Torre de Papel” y en la mítica revista Ojuebuey, promovida por el escritor valenciano-nicaragüense Ricardo Llopesa, quien también estaba esta tarde en la mesa. Esto sería en 1990. Desde entonces, y cuando sus viajes y nuestros compromisos lo permitían, nos veíamos y hablábamos de literatura, de poesía, de cine, de grupos de música… En fin, de arte, pero no del que se plasma en algo material, sino sobre todo del que se vive con la acción.
Desde sus primeros poemarios hasta los más recientes (sin contar el inédito, que pronto aparecerá bajo el sello de la prestigiosa DVD) Pedro y yo hemos compartido la atracción por una estética y por cierto frémissement de la vida. La búsqueda de la belleza y el culto a la misma como forma de un ritual paganizante que nos arrastrara hacia cotas más sublimes que las del mundo cotidiano y sus imposiciones vulgares.
La poesía de Pedro Gandía es sensorial y preciosista, como su obra fotográfica y pictórica. Rayos de luz, fulguraciones de ojos en la noche, curvas de color miel… Es también en muchos sentidos experimental (sus primeros poemarios o el que tiene en catalán: Hèl i xs), por cuanto lo discursivo no le resulta suficiente para expresar todo un mundo que, conforme ha pasado el tiempo, se ha ido haciendo más comprensivo y abarcador.
La Habana y después es su nuevo título de narrativa tras Burdel (2000), y para quien conoce a Pedro, es muy difícil deslindar dónde está el escritor, el narrador y el personaje. Esto sucede con Álex, el protagonista, de la novela, a quien yo veo como un claro trasunto de Pedro, y sobre todo cuando se pone a dar detalles sobre una hermana suya o sobre su amigo Josep Maria Ribelles, un gran poeta valenciano que murió de sida hace no tanto tiempo, y a quien se habría de revisar.
De La Habana y después me ha gustado sobre todo su visión pansexual del mundo. Algo que he intentado transmitir en mi artículo “Aire nuevo para la literatura gay” de Diariocrítico de la Comunidad Valenciana. En él esta dicho, y no me repetiré.
La presentación supongo que ha gustado. Compartir mesa con dos amigos de hace tanto tiempo, de cuando uno soñaba en verso y pretendía convertir la vida en poesía a toda costa, ha sido un placer. Y reencontrarse con otras personas con las que compartiste risas y libros. Como guinda, al salir del acto, el encuentro casual con otro íntimo, y también escritor, Juan Soler.

domingo 26 de junio de 2011

Lobo Dragó


Parezco un monje. Mis tiempos son lentos excepto cuando me aceleran desde fuera o me he comprometido. Si he de anunciar algo, dejo correr un par de días, y me encuentro que ha transcurrido mes y medio. Eso es lo que ha pasado con un artículo que publiqué en mi columna de Diariocrítico de la Comunidad Valenciana. En lugar de airearlo aquí de inmediato, los raíles en forma de horas me han separado semanas enteras de él. Lo dejo ahora. Es sobre el último libro de Fernando Sánchez Dragó, El lobo feroz. Me divertí mucho escribiéndolo y, aunque parece un disparate, todo es real. ¡A tu salud, Fernando! ¡Cuando fuimos los mejores!: "Sánchez Dragó, el 'lobo feroz'"

lunes 20 de junio de 2011

Días


He comprado y leído Días de diario de Antonio Muñoz Molina, un dietario brevísimo escrito entre Madrid y Nueva York en 2005… Y esto es casi todo lo que he hecho hoy.
Me habré de mentalizar y no forzarme: estoy de nuevo en una fase que conozco bien. El origen son ciertos problemas de salud familiares que me mantienen en hipertensión (20/13 en un pico esta tarde que no sé si creerme) y en una dejadez absoluta de cuanto acontece en el mundo. Me da igual todo. Es más, si reventara hasta me alegraría. Y saltaría de gozo si reventara por determinados países. Siendo así, y con este deseo apocalíptico en mente, sólo me apetece sumergirme en las vidas de los demás, y hacerlo con libros que no requieran un desarrollo que haya de seguirse de principio a fin.
En Días de diario, por fortuna, he subrayado muchas cosas, y de todo tipo: lecturas (la loa de The Turn of the Screw, de Henry James, novela que yo conocí por la adaptación operística de Benjamin Britten, a los 14 años), coincidencias vitales (“Placer de conducir por la noche”), coincidencias literarias (“Este es el momento del miedo, el de empezar a escribir y sentirse sin fuerzas para hacerlo…”), aforismos (“El recuerdo se convierte en ficción en el momento mismo de la escritura”)… Muñoz Molina escribe sin casi tapujos, y describe con detalles (la entrevista a Philip Roth) lo que otros escritores habrían ocultado por mera vanidad herida.
Me ha resultado grato leerlo, y me ha desconectado, a pesar de esas referencias al padre muerto y a la madre sola que me trastabillaban los dedos al ir a pasar de una página a otra.
Sin embargo, ha habido una coincidencia mayor. No me había percatado hasta que el autor comenta el tiempo lluvioso y gris en octubre de aquel año. Aquellos días, Rosa María y yo también nos encontrábamos en Nueva York pronunciando conferencias: ella en la New York University, sobre su pensamiento; yo en la Hofstra University, sobre mis literaturas minorizadas. Fue una corta estancia, pero pudimos intuir lo que debe de ser sumergirse en las avenidas del ensueño. Pero a esas sólo se llega cuando uno viaja sabiendo que ha de volver a su ciudad, y demasiado pronto.

sábado 7 de mayo de 2011

Lejos

Me da la impresión de que escribo cada dos o tres días aquí, y cuando miro la fecha de la última entrada me percato de cómo transcurren los meses. En este tiempo, he medio acabado una novela (¡guau! esto habría de ser toda una novedad, pero siendo como soy de perfeccionista, a saber cuándo se la doy a leer a alguien) y he continuado mi proyecto de investigación literario, pasito a paso, que hay mucho para leer a pesar de las apariencias. No obstante, lo más importante y donde me gustaría sobre todo centrarme es en un continuo proceso de introspección, de experimentar cierto camino que cada vez aleje más del mundo para ir a lo esencial. El impedimento único es la curiosidad natural de uno, pues no todo es abarcable. Y no estoy hablando de meditación (que también), de oración (que también), de desprendimiento (que también), sino de un recurso a la palabra hablada, al rito, al mito, que puede experimentarse todavía y sobre lo cual, permitidme, aún seré críptico. Sin embargo, siempre salen temas colaterales. Uno de ellos es el de la ciberontología. ¿Qué es? Bueno, lo explica Rosa María Rodríguez Magda en el artículo "La extinción de la mirada. De la visualidad a la ciberontología" (2003), recogido en su libro Transmodernidad (2004); y en su obra más reciente, Razón digital y vacío (2011), vuelve a tratar de esta materia sobre la que hay poco escrito y de la que fue de los primeros en mencionar en lengua española (y posiblemente en Europa). Con ese nombre, Ciberontología, participará el viernes 13 de mayo en una mesa redonda en un lugar muy ad hoc. Supongo que ya os podréis hacer una idea de por dónde va, algo así como aquello que estudia la nueva estructura metafísica de la realidad, a la que a los objetos reales y a las ideas se suma un tercer tipo de objetos, virtuales, que existen sin ser reales. En pocas palabras y más concreto: el estudio filosófico de cómo las nuevas tecnologías transforman nuestra percepción de la realidad al crear objetos virtuales. Punto. Pero esto, digo yo a vuelapluma, enlaza con la metafísica pura, que habría de darle otro tipo de visión a los "objetos", digamos, teológicos, que podrían interpretarse como una suerte de virtualidad extrahumana, pero que, gracias a ella misma, nos convierte todavía en más humanos; no transhumanos, sino en puramente humanos (a partir del "Punto.", la flipada es mía). Pero lo mío es la espiritualidad. Mientras Rodríguez Magda sigue filosofando, yo me largo a cantar loores a los Dioses y a los Maestros.

martes 29 de marzo de 2011

Rafael Tamarit Crespo

Ayer estuve releyendo algunos poemas amorosos de José Albi (1922-2010), uno de los grandes escritores valencianos en lengua española. Lo he picoteado de vez en cuando, y nunca ha dejado de provocarme congoja. Poeta elegíaco sobre todo, sus versos eran casi salmos dolientes, encadenados, latiendo bajo ellos la pesadumbre.
Quizá era porque tenía muy tierna su lectura, algunos versos de Rafael Tamarit Crespo (1930), presentes en su antología Plegaria a un dios ausente (Barcelona, Astro Uno, 2007), que abarca desde Las cosas que nos pasan (1954) hasta El paso estremecido de los días (1998), me han sugerido un eco de aquel pálpito de Albi, tan arrebatado. Esa resonancia la percibo incluso en los títulos: Ven a mis brazos Ana Ivanowicht (1980), Apuntes para Conie Lobell (1996)…
He conocido a Rafael Tamarit de manera completamente azarosa. Su padre, Rafael Tamarit i Asensi, nacido en la localidad valenciana de Torrent, pasó muchos años en el Principado de Andorra, y dio a la luz varios libros de versos con el elocuente subtítulo de Poemes d’Andorra. A la hora de hablar de la generación literaria andorrana de los años 60 y 70 del siglo XX, su nombre es imprescindible. Recientemente publiqué un artículo sobre su poemario En calessa per les Valls (1970) en El Periòdic d’Andorra, y a raíz de él recibí un afectuoso e-mail de su hijo, y a continuación el obsequio de tres libros de poesía y teatro, que han ayudado a que tuviera conocimiento de esta voz literaria que no sólo se ha prodigado en estos dos géneros, sino que es asimismo narrador, pero también publicitario y restaurador, aunque, tal vez por encima de otras cosas, actor.
Ilumina de sueños mi palabra (Barcelona, Ariel Rivadeneira, 2008) es su segunda antología, donde han desaparecido las distinciones entre los libros y tan sólo tienen apartado propio los sonetos, que Rafael cultiva desde antaño. Su poesía abunda en recursos paremiológicos y hay enormes dosis de ironía y de distanciamiento con respecto a lo que escribe. Así, por ejemplo, en el poema que empieza “Me delata el silencio que me ata”, Rafael lo acaba subvirtiendo las expectativas del lector: “Te prometo el recuerdo imborrable en el tiempo / Te aseguro el afecto, el sentimiento / Te tiendo un puente de amistad continua; / pero tu amor, es una estrafalaria tontería.” (p. 51). Esta puesta en cuestión no sólo la ejerce con el Otro (el Otro es la mujer amada), sino consigo mismo. El soneto “Y uno se sienta mirando el infinito” finaliza con este terceto: “Porque siempre te faltan muchas piezas / y debes convencerte por ti mismo / de lo inútil de todo lo que empiezas.” (p. 63).
El tercero de los volúmenes recoge cinco piezas teatrales, algunas de ellas estrenadas en diferentes lugares de Cataluña en la década de los 50 y 60 del siglo pasado. Me ha interesado sobre todo Judit “Number One”, un (cuasi) monólogo, y la pieza panhispana Dux latronum (Viriato). Un dato importante de estas obras de Tamarit Crespo es que están escritas en verso (salvo Judit…), una forma dramática que no resistió el paso del tiempo pero que sin duda servía para tornar este género en algo más espectacular y más ajeno para el espectador.
Aunque nacido en Bilbao, Rafael Tamarit Crespo ha desarrollado toda su labor en Barcelona. Espero que la lengua elegida para expresarse no implique verse relegado dentro de la literatura catalana en español. Su obra es de tono muy particular, muy personal, y muy completa.

domingo 27 de marzo de 2011

Mi otra Eva

Eva con Laínez
Eva es un nombre que me gusta, y eso, para empezar, es mala cosa. El sonido “Eva” me sugiere desnudez, playa, sexo, primicias, orígenes, arrebato, carne… En la Facultad, me prendé de una compañera cuando me dijo “Yo me llamo Eva”, me desarmó. Eva, Eva, Eva… No quiero ni pensar lo que puede esconder mi subsconsciente sobre mis más hondos motivos para denominarme “cristiano” (bueno, cristo-pagano-FLDS).
Creo que en mi vida sólo he tenido relación con cuatro mujeres llamadas Eva: aquella filóloga en ciernes de hace veintitrés años; la exmujer de un compañero, la cual, para más colmo, me recordaba a otra muchacha de nombre de tres letras que no mentaré, no señor; mi idolatrada mujer-personaje de mi pieza teatral Berlín, Eva Braun; y mi tierna, y dulce, y risueña, y fuerte, y doliente… Eva Vaz.
Eva me envió hace unos diez días su libro más reciente, Frágil. (Antología 2001-2009), publicado por la editorial tinerfeña Baile del Sol. Bueno, más que “me” envió, “nos” envío, a Rosa María, a Carmen y a mí; así consta en la dedicatoria “familiar”. Yo había leído (casi) toda la poesía de mi “hermana” Eva: Metástasis (2006) nos lo regaló en Islantilla; Leña (2004) nos lo obsequió en La Pobla de Farnals; y La otra mujer (2003) lo compré cuando quería escribir algo sobre jóvenes poetisas y vi su sugerente portada (no voy a fingir…); de Ahora que los monos se comen a las palomas (2001) conocía algunos poemas; y de los inéditos que da a la luz en Frágil también había oído, al menos, “La madre muerta”.
Conozco a Eva, sí, aunque conozco de más tiempo, y trato y todo, a su “mejor poeta” (si él fuera García Lorca, yo sería Luis Rosales), pero no me mueve la pasión personal a la hora de hablar, a pesar de lo que pueda decir una fotografía como la adjunta. Podría escribir sobre la poesía de Eva Vaz un artículo de diez o doce folios, desmenuzándola, aclarándola para aclararme, poniéndola en apartados y subapartados a fin de domesticarla y que su efecto no sea en mí tumultuoso. Quizá es mi deformación profesional, pero la obra de Eva Vaz es una de las más desasosegantes y luminosas que he encontrado en tiempo. Sus versos breves en sus largos poemas no dejan lugar a la reflexión. Eres imbuido por la espiral que trazan sus palabras e incapaz de ofrecer resistencia. El golpe te lo llevas cuando esperabas un final feliz en su discurso, y sin embargo te encuentras, dos veces además, con un “Para siempre es sólo la muerte” (“La madre muerta”, p. 98).
Si el amor y la muerte son los dos grandes temas de la poesía, Eva los hace suyos en tanto metonimias: el sexo y la enfermedad. Esta primera diferencia ya nos indica que su propuesta no va a ser en absoluto grata para un lector cómodo. Además, Eva no se proyecta en una voz lírica ajena a su vivir, sino que narra la pura vida. Por eso es tan descarnada y por eso su sangre nos salpica. Más que poesía de la conciencia, semeja poesía de las visceras, y, ojo, hondamente femenina, anclándose en una sucesión de mujeres, consciente de su genealogía y de su descendencia, y aludiendo a aspectos propios de la feminidad y su fisiología para transformarlos en universales, rompiendo el cerco de lo sexo-genital.
De esto último que he dicho, me estoy dando cuenta conforme escribo, y voy a hacer hincapié: la voz de Eva no es una voz poética neutra. La mayoría de hombres creo que escribimos desde nuestra virilidad, y, en determinados temas, las metáforas, las figuras, el modo de describir evolucionan atendiendo a nuestra propia masculinidad inocente. Sin embargo, hay muchas poetisas donde, obviamente ausente ese rasgo viril, la voz se convierte en algo neutro, como si en vez de hablar desde las entrañas, se limitaran a ser “paisajistas” sentimentales. Eva, sin embargo, elabora su poesía desde su consciente voz de mujer, que además es universal. No estoy entrando en pamplinas de “literatura femenina”, “literatura feminista”, “literatura de mujeres”, etc., guetos para el autobombo pero estériles. Me interesa en este sentido la poesía de Eva Vaz porque narra experiencias que sólo pueden ser femeninas y las convierte en experimentables para el lector, sea hombre o mujer. Esto es lo subyugador de su poesía, y no es algo fácil de lograr.
Al ver todos los libros de Eva reunidos en uno solo, su obra resulta un work in progress, una continua reflexión sobre aquellos temas en torno a los cuales pivota: la depresión, el sexo en bruto, la enfermedad, la muerte, el paso del tiempo, los celos… Veo poemas balizas los siguientes: “Mi credo”, que no en vano abre el libro; “Disculpas”, cuyo título denota un sentimiento de culpabilidad introyectado en la autora, y que se irá licuando en numerosos poemas; “Para gritar”, donde la muerte y el dolor por la madre desaparecida se transforman en un bodegón de pesadilla en el cual el título ha de leerse como último verso; “El gorrión”, una reincidencia en el mismo tema que el anterior; “La banca defraudó 236 millones de euros a la Seguridad Social”, donde se ejemplificaría ese paso tan poco común de la experiencia propiamente femenina a la experiencia genéricamente universal; “La fiesta”, con ese título irónico que esconde la apreciación de muchas experiencias eróticas; y “Borrasca”, donde los celos retrospectivos y la amistad ucrónica sirven para experimentar nuevos sentimientos o diferentes formas de acercarse a ellos. Estos siete poemas constituyen mi propio hall of fame. Son poemas esenciales en la antología, en la obra de Eva y en la poesía española contemporánea. Que su autora, tal y como reza la contraportada, sea una “poeta de culto” ya lo sabíamos muchos, y habíamos presenciado de qué forma es jaleada cuando entra a un local a leer.
Se me ha olvidado mencionar la densidad de su obra. Es todo lo contrario a algo “frágil”. Y esta paradoja la clava en el último verso de su libro: “vamos a matarnos de mentira”, pues la verdad es siempre frágil, y cruel.

Adenda: Tras leerle a Rosa María Rodríguez Magda el post, añade: “El problema no es que las mujeres escriban como mujeres, sino que una buena parte escribe según el modelo en que se piensa que deben escribir las mujeres. Por eso, y poniendo un ejemplo algo extremo, la escritura de Corín Tellado refleja a “las mujeres” porque sigue recreando el estereotipo clásico, de ahí la importancia de la aportación de Eva”.

sábado 26 de marzo de 2011

Poesía

Llevo lecturas atrasadas de varios poemarios recibidos en las semanas últimas y de los que he de hablar, no a la fuerza, sino con gusto. En primer motivo, porque se trata de poetas impresionantes, algunos de cuyos versos me sobrecogen cada vez que me topo con ellos; en segundo, porque son amigos a quienes valoro por su tenacidad, su fidelidad y su resistencia; en tercero, porque desde este humilde blog, que sólo debe de tener un lector fiel, he de hacer que su nombre posea una entrada más en el mundo internético, es decir, en el mundo real. Empezaré pronto.
En cuanto a mí respecta, hace mucho que no escribo poesía. Los últimos poemas deben de remontarse a 2007, si no antes. Y ya están todos en la basura. Pretendí haber salvado algunos textos mínimos en asturiano para mi libro-despedida de mi paso por esa lengua, y ni eso. Tan sólo cuatro brevísimos poemas, escritos en xíriga mansolea, más como fascinación por esa creación popular y gremial, que como verdadera pasión lírica, han sobrevivido, y quizá los publique Lletres Asturianes el próximo mes de mayo, pero tampoco lo sé. A lo mejor quise imitar a Jon Mirande, a quien tanto me parezco en ciertas cosas: él probó la ductilidad poética de la variedad de euskara hablada por los gitanos de Iparralde, y yo me ocupé del mansolea de Asturias.
Como hace tanto que no escribo poesía, y menos en español, cuando me toca participar en un recital poético, me repito como un loro: algunos poemas de Música junto al río (2001), quizá uno de Exotica martyria (1991), y algunos otros de Bel diya [Algún día] (1998), traducidos del aragonés, mi poemario preferido en cualquier lengua. Para el acto que organizó M.ª Teresa Espasa el martes 22 de marzo de 2011, en Ámbito Cultural de El Corte Inglés, y dado que éramos quince poetas (hay que ver qué poco me gusta este calificativo en la actualidad; me resulta ridículo, y lo siento por mis amigos), tan sólo leí un par, demorándome. En la foto adjunta, podéis ver mi desolada cabellera ante el micrófono.
En estas farándulas, intervengo casi a la fuerza, pues me gustan poco. La poesía arriba, la poesía abajo, las tertulias poéticas, las vanidades líricas, las gilipolleces versificadas, ¡ya somos dos mil poetas!, apadrine un poema, apadrine un poeta, poetas sin fronteras, poetas unidos, poetas populares, poetas creídos… Me atarantan; me dan repelús. Pero me presento en ellas para no ser egoísta con respecto a mi yo actual, y porque también es hacer arqueología de la memoria. De hecho, pocas personas sabían que yo también había escrito poesía; o que tenía vidas paralelas en asturiano y en aragonés, ni se lo imaginaban; otros pensaban que yo no sabía ni hablar, pues llamar “discreción” a lo mío es denominar “inocente” a una sesión sadomaso.
Al final, estuve a gusto y todo. Me sirvió para reencontrarme con antiguas compañeras de la Facultad, como Mar Busquets y Xelo Candel, con las que apenas crucé dos palabras, pero con las que me miré con afecto (de mi parte, al menos, lo había), pues nuestro recuerdo se desplaza veinte años atrás, hasta aquellos veinte años de la ensoñación y las ilusiones.
Después del acto, resopón. Nos fuimos a cenar (si las lecturas me gustan poco…), y por suerte caí en la mesa de los no poetas, con Concha Prieto y Elisa, la directora y una de las responsables de Ámbito Cultural; de Concha, me enteré de su vinculación con el mundo teatral valenciano; y de Elisa, de su relación cercanísima con un tataranieto (creo) de Teodor Llorente. A mi lado tenía a mi amigo Ricardo Llopesa, quien se niega a leer en público y que es muy pudoroso con sus poemarios, y por enfrente cayeron Mª Teresa, Rosa María y mi madre. El Corte Inglés editó una plaquette con foto, biografía y un poema de cada uno de nosotros, detalle que se agradece, y cerramos la paraeta antes de las doce.
Al volver a por el coche, empezó a llover. A llover bien llovido, nada de cuatro gotas. Mis dos mujeres (que no mis dos esposas…) me esperaron junto al también poeta y amigo Rafael Coloma, y yo me fui solo hasta el parking. Un placer, oigan. La lluvia caía, ni pasaban automóviles ni personas. No había nadie, ni nada. Apetecía soltar el paraguas y quedarse allí, en la calle Lauria, frente a alguna boutique, esperando a Gene Kelly, o viendo las maravillosas ráfagas a la luz de una farola. De los cines, salían dos chicas erasmus hablando en alemán. Ni las miré. Sólo estaba pensando en la lluvia, en las montañas, en emboscarme a la luz de las antorchas. En seguir andando hasta el fin de las carreteras, o en no moverme hasta ser agua diluida, agua de Europa en tierra de Europa.
No obstante, bajé hasta el segundo sótano, pagué en la máquina con dinero prestado por mi madre, y cumplí con mi obligación de recogerlos.