miércoles 11 de noviembre de 2009

Talvet


Esta tarde hemos recibido un par de ejemplares de mi traducción al valenciano del ensayo Una crida a la simbiosi cultural de Jüri Talvet. Con esto, cierro una deuda de mucho tiempo, en un libro que primero traduje al español y después, por política editorial, hube de retraducir al valenciano. Pero ya está. Y eso es lo importante. No confío en nada más, porque los libros institucionales raramente alcanzan las estanterías de los grandes centros del libro o las páginas de los suplementos de cultura de los periódicos. Y es una lástima, porque Jüri Talvet, poeta y ensayista estonio, una pluma finísima y de arrebatadora fuerza, debería de ser mucho más conocido en el país que podría muy bien considerar su segunda patria, no por haber vivido grandes temporadas en él, sino porque su labor hacia la lengua española, y la difusión de nuestra literatura en Tartu, es encomiable. Siempre he pensado que Jüri responde a la figura de “escritor europeo” que con tanta ansiedad buscaba Mircea Eliade. En una lengua minoritaria (si se me permite) y desde la periferia de Europa (como también nosotros), su reflexión alcanza lo universal, y es de lectura obligada.
El libro lleva un pequeño texto del también poeta y ensayista estadounidense Harvey L. Hix, profesor en la Universidad de Wyoming, de quien aprecio verdaderamente su poesía, e incluso he traducido algún poema bien complejo. Poesía filosófica, ardua, pero de cuya dificultad se extrae placer.
Si algo lamento es que el libro no haya podido salir en una lengua más valencianizada de lo que intenté que estuviese. Es un error sucumbir a los centralismos, y la pluralidad siempre es riqueza, más aún si se intenta construir un standard valenciano propio sin menoscabo de la comunidad lingüística internacional a la que pertenecemos. Pero parece que de esto también se ha abdicado.
No me pondré llorón. La publicación de Una crida a la simbiosi cultural. Meditacions des d’U? (con un interrogante que no sé de dónde ha salido) ha de ser festejo. Para mí es una gran alegría, y por eso lo repito y lo requeterrepito: estará pronto en librerías un gran libro: un ensayo en valenciano de un escritor de Estonia. Un libro europeo para europeos. En los tiempos que corren, más no valdría a todos cogerlo y leer.

lunes 9 de noviembre de 2009

José Antonio Mateo


Hace unos días, almorcé con José Antonio Mateo, amigo y poeta que cuando nos ponemos a contar los años que nos conocemos ambos lo dejamos correr… Quedamos para intercambiarnos nuestros últimos libros y él me hizo entrega de cuatro, por lo que salí favorecido. Tres de ellos pertenecen a la colección “Els Llibres de l’Argila” (“Los Libros de la Arcilla”) que edita el círculo poético “Argila de l’Aire” (“Arcilla del Aire”), del que José Antonio ha sido durante bastante tiempo figura preeminente. Es una colección cuidada en el diseño aunque, por desgracia, sufre el gran problema de la mayor parte de iniciativas editoriales minoritarias: la poca difusión incluso en el lugar donde habría de ser lógico, la Ciudad de Valencia. No se trata de escaso conocimiento de los lectores de la poesía valenciana en español, sino casi de la imposibilidad de acceder a ella si uno no se encuentra en esa red precisa que la mueve. Después ya se desmenuzarán los textos y se procederá a la criba estética, pero si ni siquiera hay libros al alcance, malamente, la verdad.
José Antonio Mateo ha publicado cuatro poemarios en trece años. Solo conozco, hasta la fecha, el que hoy comento, La casa donde duermen los relojes (2009), y su segundo libro, Mundo azul (1999), y compruebo una evolución que, sin salir de unos moldes deudores del postromanticismo, lo hace más rotundo y con menos veleidades de contentar al lector. Ya el título es de un hermoso lirismo, y, de los más de treinta poemas, “La casa” es, sin lugar a dudas, el mejor. En la investigación de los mecanismos que convierten esos ocho versos en un poema (casi) redondo, debería proseguir, a mi entender, José Antonio su pesquisa lírica: categórico, sin concesiones a la adjetivación, sin tentaciones posibilistas, sin el recurso a términos o frases que a veces parecen cansadas (“ilusión”, “promesas rotas”, “mundo de sueños”, “mares inabarcables”…).
“La casa” es un gran poema, y me alegro de tener amigos que escriban estas cosas:

LA CASA

He abierto las puertas
y sin embargo no he entrado.

Esta es al fin la casa
donde duermen los relojes
cuando no hay ojos que los miran,
la absoluta oscuridad
donde el pasado no nos llama,
y el presente ni fue ni será nunca.


José Antonio Mateo

Dulces sueños

Os quiero dejar, para antes de iros a dormir, el clip del tema “Sweet Dreams” (“Dulces sueños”, si es que a alguien le hace falta traducción…) del grupo japonés Vamps (aunque el cantante sigue siendo Hyde). La intención es, por el acústico y la calma, mandaros tranquilitos al sobre, pero a mí me ha puesto como a Spiderman, y también como a Atom (el protagonista masculino de mi novela Alma; quien la conozca, sabrá por qué).
El caso es que, tras oír la canción, voy a coger la puerta y me voy a ir a pasear por las calles de esta Roma de provincias, buscando entre las sombras de las sombras a mi hermano Propercio, para recitar con él, en rotundo castellano, algunos versos suyos; así quizá creemos un centón entre el mundo de los Espíritus y este mundo terrestre:

Escriban otros sobre ti,
ya que has podido fundirme en gestos tan flexibles.
Mientras los hados nos dejan, saciemos de amor nuestros ojos,
seré siempre yo mismo el guardián de tu lecho
¿De qué sirve dejar estas palabras en vacío?
Quien te ve, ese cae, quien no te vea, pues,
no te deseará: los ojos tienen la culpa de todo.
Y de paso he recordado el libro Los ojos prohibidos de Alberto Hernando. Compradlo. Por algún lugar del blog le hice una crítica.
El vídeo, my friends. Sweet dreams...

miércoles 4 de noviembre de 2009

El fin de semana perdido



Necesito periodos de ataraxia, es decir, días de estar tres o cuatro horas seguidas orando, hasta que la conciencia se altera, o entro en trance, y me da la impresión de que no ha pasado el tiempo. Entonces, sonrío, y da igual todo: vivir, morir o explotar consumido. Son buenos esos instantes; son una gracia de Dios que, no en vano, buscamos realizando las prácticas que llevamos a cabo. El gozo y el poder se incrementa si la oración es en grupo, y notas la vibración de las mujeres y hombres que tienes al lado, en una velocidad creciente, dejándonos llevar por esa espiral de gozo, por ese flujo de la palabra solidificada que acaba por hacernos felices, exhaustos, sonrientes y alegres en una comunión de sentidos, en un rito no concluido porque siempre es en alabanza de aquello que nos supera, de Aquel hacia quien tendemos.
No obstante, estas etapas de absoluta concentración dejan paso también a periodos de actividad, de ebullición intelectual, e incluso de “activismo”. Esta tarde he dado un buen empujón a un artículo que he de escribir para Más Allá, y he trabajado con Rosa María en otros asuntos. En este nuevo paradigma, he cogido El fin de semana perdido de José Luis Piquero y he decidido, por fin, hablar de él. Sin embargo, no ha sido algo consecutivo, pues Piquero, por relación de ideas, me trae a la memoria a Hyde. Y esto quiere decir música y… en fin… Así que, si sois obedientes, ved primero este clip y luego seguidme en ese “fin de semana perdido” que todos hemos tenido alguna vez en la vida.

Hay algo que me ha sobrecogido de este clip “evanescente”: la madurez no oculta del cantante y compositor japonés. La belleza sobrehumana en estado terminal que se trasluce de una forma tan clara en su rostro. Quienes lo hemos seguido a lo largo del tiempo (L’Arc-en-Ciel, Hyde, Vamps), apreciamos con mayor plenitud el decaimiento físico que, por supuesto, observamos galopante en nosotros. Cuarenta años de edad, los suyos, que lo sitúan en la pendiente de perder ya fin de semana tras otro, si bien como consuelo puede tener el pensar en quienes los perdimos casi todos… Espero que nunca llegue a decir He perdido la voz. Me he perdido a mí mismo, tal y como exclama el personaje del poema “Lázaro otro”, por introducirme ya con el libro de José Luis Piquero. Y si alguna vez lo dice, conmemoraremos ese final por todo cuanto dio, y porque solo es bello lo que acaba.
Esto no es una crítica de un gran libro de poesía porque no soy capaz de adoptar la distancia necesaria. Lo he intentado. Doy mi palabra de honor y caballero, pero no logro establecer un cordón de seguridad para desvincular versos tan dolorosos como los de “Abrigo azul” de lo que es mi relación con su autor. Habría de ser más profesional, o no; es algo que dudo, pues últimamente dudo de muchas cosas, lo cual me lleva a afianzarme radicalmente en aquellas en las que albergo toda la fe. Pero no es esta la cuestión. Conocer al escritor no es bueno, pues tras cada verso, tras cada estrofa, pongo aquello que no está, y me deslizo por la sensación de que El fin de semana perdido es un libro fragmentario, cuando no. Entendámonos: es un libro trabado, con una unidad temática densísima a pesar de las apariencias (cinco secciones), con poemas que me clavaron como a un sparring (por ejemplo, “El ausente” y “Judith en Esterri”), y sin embargo hay una elipsis metaliteraria que nos deja a veces huérfanos de la sutura. José Luis Piquero no lo cuenta todo, y ese es el logro del título y del tipo de poesía que busca con este poemario. Adscrito claramente a la conocida como “poesía de la experiencia”, El fin de semana perdido va más allá de la misma y se introduce por vetas simbólicas que si no se perciben de modo más claro en el lenguaje sí lo hacen en una condensación de metáforas cuyo foco es extremadamente próximo. Léanse con lentitud, si no, estos versos de “Cuatro”: Sobre este cuarto ha descendido el mundo, / la luz intacta de la vida breve / envolviéndonos juntos / mientras la noche afuera dura y llueve. No, no, no… Aquí ya no hay la sensibilidad acostumbrada a lo “experiencial”. Aquí se busca otra cosa. Aquí existe el reto por decir distinto. No sé si será una obsesión, pero este cambio se halla por doquier; ved, por ejemplo, en “Nova” e “Inestimable”: De pronto ha anochecido sobre el mundo… Ahora el tiempo ha pasado y yo soy otro. Y para ser recurrente con los sustantivos, estas palabras de “Rosa y Myriam entre el público”: Oh, miradme, puedo cambiar el mundo. Y eso si uno no quiere ver el último verso del libro como toda una toma de principios: quedamos los más solos.
Hay un poso de desesperanza en todos los poemas de El fin de semana perdido. Hay conciencia del fin de una época (una conciencia inconsciente, como la mía) y la celebración es que, a pesar de todo, de toda la amargura (acúdase a los poemas de trasfondo “religioso”: “Jesús responde a Judas”, “Oración de Caín”, “Lázaro otro”, “Jesús-Jano”…), salva la misma vida. Ella nos condena y ella nos libera. Por eso la amamos, porque no podemos desprendernos de ella sin odiar.
Y ha sido buena experiencia releer El fin de semana perdido bajo la música de Hyde. De ahí también el vínculo inexplicable para la mayoría de vosotros. Quizá la solución es una palabra sencilla –madurez– y encontrarnos en ese instante en que pesa más lo que se fue. El poemario de José Luis Piquero, sin quererlo, también habla de estas cosas: de un pasado, vivido o recreado, que dura.
La realidad es que ya no somos jóvenes, nenu, y ese fin de semana, y esos cuerpos en los vídeos son como los versos de “Extraviados”: Nunca ha ocurrido nada / y nada va a ocurrir. A lo mejor porque supimos lo que era bueno sin que nadie nos lo contase.

sábado 31 de octubre de 2009

El espacio liberado


Cuando leo la fecha de la última entrada, me pregunto, como siempre, para qué tengo un blog. Sin embargo, y aunque resulte paradójico, los momentos de silencio aquí suelen ser los de más actividad y mayor profundización en lo único que considero importante: la vía de conocimiento en las fronteras del ser. Ahí estoy en plena ebullición, y sólo quiero magnificar el hecho de seguir en ella.
Deseaba que llegara el día de ayuno de este mes. Es tal bendición someter al organismo a directrices mayores que debería obligarse desde bien pequeños a los niños. Un plan de estudios radical: en vez de Gimnasia y Educación para la ciudadanía, dos asignaturas: Silencio y Ayuno.
No he escrito mucho últimamente. Y me siento en deuda para hablar de El fin de semana perdido, el poemario que ha sacado José Luis Piquero en DVD, y del que he de escribir largo. Pero estoy en una especie de colapso inducido, soltando lastre, y mi diario personal se ha transformado en escritura visionaria. Aguardo el mensaje.
De la Belleza, cómo no, sigo recibiendo revelaciones. No siempre es Satanás quien se oculta tras ella. Todo depende de cómo nos deje tras su paso por nosotros.

jueves 17 de septiembre de 2009

José Javier Esparza


Cuando un amigo sufre persecución intelectual, se le intentan prohibir los libros, se lleva su caso a un Ayuntamiento para vetar sus publicaciones y se emprende una campaña contra él por escribir la verdad, a mí me sube la adrenalina, me hierve la sangre y me crispo. Este es mi diario personal y aquí no hablaré de política (ya lo hago en mis artículos), pero igual me sublevan los que quemaban libros en Unter den Linden como los que les prendían fuego en Rusia, en China o les gustaría hacerlo en Andalucía. Intentar acallar una publicación por no decir lo que nosotros pensamos no muestra solidaridad hacia nadie, conocimiento de nada, talante hacia los desfavorecidos ni posibilismo alguno. Es tan sólo el comienzo de la sinrazón y la locura que, si se les deja, llevarían al patíbulo.
Esto le ha sucedido a José Javier Esparza, escritor y periodista, sin comerlo ni beberlo, cuando unos iluminados de Los Palacios han pretendido que se prohibiese su ensayo La gesta española en el colegio “Juan José Baquero” de esa localidad sevillana. ¿Cómo? Presentando una moción de censura para suprimirlo de las lecturas de los niños de Primaria ante lo que consideran un contenido “aberrante”. Ya analizaré en algún artículo de opinión quiénes son los aberrantes y falseadores de la verdad. Intentar prohibir leer, intentar señalar como “aberrante” a un profesional de la categoría de Esparza, querer extender calumnias y borrar la memoria de Andalucía sí que es lo verdaderamente loco, disparatado y censurable. Pero no sigo. Solo quería trazar este breve apunte de la estupidez, incultura y sometimiento de algunos “andalucistas” que no ven lo evidente y sueñan con un yugo de barbarie.

miércoles 9 de septiembre de 2009

Fronteras de la literatura


No sé si Félix Romeo ha escrito un gran libro. Y quizá esta duda es la más clara constatación de que Félix Romeo ha escrito un gran libro. Como no me pagan por ejercer la crítica literaria, esto no es una reseña. De hecho nada sabía de Amarillo (2008) hasta que este mes de julio pasado, frente a un ventilador, José Luis Piquero me lo apuntó en el reverso de un folio de unas pruebas de imprenta. Me conminó a leerlo. Me obligó. Hoy he ido a la librería París-Valencia a comprarle un detalle a mi amigo Alessandro Morello, que organiza una cena de despedida porque se vuelve a Roma tras dos años de trabajo en Valencia, y ni me acordaba del libro, ni de la anécdota, ni de que lo tenía pedido. Julián, mi antiguo compañero de trabajo, me lo ha dado envuelto en una goma: el texto de Félix Romeo y la deseada Mircea de Maitreyi Devi, ahora que ya no me servía para nada, y gracias a Dios.
Amarillo me atraía. La portada, embrutecida por el polvo; el dibujo urbano de Pepe Cerdá, con un semáforo en rojo previniendo, y el leve recuerdo de un paisaje de Adrian Tomine… Pero yo no quería leer el libro. Por eso ha durado entre mis manos una hora y veintidós minutos. Yo no deseaba conocer la historia de Chusé Izuel, que se llamaba igual que yo cuando empecé a publicar mis poemas y artículos en aragonés a los 19 años, que escribía cuentos, que colaboraba en prensa. ¿Qué utilidad podría extraer de un suicida de 24 años? ¿Qué lección iba a enseñarme gente que fumaba, bebía, se emborrachaba, se drogaba…? Las caídas de caballo, como la de Saulo, deben ser definitivas. Uno ha de irse al otro lado de la balanza, no para buscar un equilibrio, sino para romper la balanza del mundo, y pertenecer definitivamente a otro reino, de Aquel que reina fuera de él aunque viva y sea de carne. Yo me caí del caballo en septiembre de 2005, y odio las curvas en los simbólicos caminos, o las fichas de la oca que te obligan a empezar desde el principio. Los cambios han de ser perdurables y radicales, o nunca serán cambios.
Me alegro de estar escribiendo esto, y celebro asimismo que José Luis Piquero, mi amigo, lo esté leyendo y comprendiendo en su totalidad. No sé si Félix Romeo hará lo propio. No me importa. Pero miento, sí me importa. Tenemos casi la misma edad. No nos conocemos. Nombra Valencia un par de veces en Amarillo. De pequeños igual nos cruzamos. Mi casa paterna queda muy cerca del sanatorio donde fue a ver a una tía suya: el manicomio de Jesús, con un jardín en el recinto, exactamente. Por allí pasearían, sí. A los locos los dejaban salir muy de vez en cuando, y pululaban por el barrio como en una película. Una tarde, cerrado ya aquel hospital psiquiátrico, me reía con Juan Antonio Candela, antiguo compañero y más tarde amigo, periodista y escritor que oculta cuanto escribe; él dijo: Gaspar Aguilar es la avenida perfecta: al principio, un manicomio; en el centro, un hospital; al final, el cementerio. Siempre tuvo un sentido del humor muy agudo. Y siempre me gusta contar esta anécdota, que es suya. Estábamos al comienzo de la avenida justamente, en un bar que ya ha desaparecido, como las mismas tiendas de los alrededores. Sólo el hospital y el cementerio siguen ahí, igual que un gran Moloch devorador.
Ahora no me río, pues en esos tres espacios, igual que en la novela de Félix Romeo, en los cuentos de Chusé Izuel, y en la vida de este último, hay dolor, o lo hubo. Y ante el dolor, sólo cabe el silencio; a diferencia de ante la alternativa vital, donde sobre todo habría de caber el grito. Amarillo no debe ser leída. Es un testamento, y como tal, sólo habrían de conocerlo los afectados. Yo no hago nada entrometiéndome en miserias y podredumbre de donde sólo emanarán conmiseraciones. En un programa de televisión, me dijo Rosa Albero, compañera de trabajo y diseñadora gráfica, hacían entrevistas a gente que había intentado suicidarse tirándose desde una gran altura y, por un milagro o el azar, habían sobrevivido. ¿Qué era lo que pensaban conforme se acercaban al suelo? Que todo tenía remedio. La conversación no surgía de la nada. Frank, un compañero de trabajo, se había tirado por un puente de la A-3, y nunca lo entrevistaron en ningún sitio.
Yo redacté hace muchos años el final de una novela que nunca empecé. Le puse por título Charada, y era la época en que aún lo escribía (casi) todo en lengua aragonesa. Decía así la última línea: e cuan tiengo ro sulero más amán a cada inte. Y cuando tengo el suelo más cerca a cada instante… Lo pensaba un suicida, el personaje principal, que se había tirado de un balcón. Como Chusé Izuel.
Amarillo me ha dislocado, porque me ha situado ante la radicalidad, ante el rechazo, y creo que este escrito no da muestra del alejamiento ideológico, de la prevención total no ante el ejercicio de escritura en el límite, brillantísimo, de Félix Romeo, sino ante el sentido de su lectura. Ya lo he dicho algo más arriba, y he querido ser críptico. Pero no puedo entrar en los reproches sin ser claro.
Diré primero lo que he subrayado. Javier García Sánchez publicó una reseña del único libro de Izuel, Todo sigue tranquilo, en El Mundo. Al final de la misma, que Romeo transcribe en su totalidad, como hace con otros tantos textos, el crítico y novelista dice: Chusé Izuel se tiró por la ventana. Tenía veinticuatro años y poca fe. Pero amaba. No duden que, al menos en aquel preciso y sublime instante, su melena larga y negra conoció la plenitud, la libertad (pp. 32-33). Mentira. Todo mentira. Literatura barata, tópicos residuales. ¿Plenitud?, ¿libertad? Falacias que alimentan el mito adolescente, y envenenan los cerebros de quienes al elegir seguirán la pauta de lo fácil. Porque nadie debe engañarse. Es mucho más sencillo beber hasta emborracharse, fumarse tres paquetes de cigarrillos, y ponerse de droga hasta los ojos, que plantar cara a la marginalidad vendida como gloria, y negarla, y renegar de ella, e intentar construir sin alterar la altitud de las palabras un mundo lo más a resguardo posible de la incontinencia de la depresión. El pozo llama al pozo porque no necesita a nadie para salir de él. El nihilismo aclama al nihilismo. Y todo adolescente y todo joven tocado por las letras o por el arte coquetea con lo marginal, lo heterodoxo y lo nocivo, porque piensa que eso son las letras y el arte, y no justamente cuanto lo corrompe. A Chusé Izuel le pasó igual, y eso me duele. A Juan Lozoya, poeta y amigo, le ocurrió también lo mismo, pero al revés: de la droga, el alcohol y el sexo fácil pasó a ser la excelencia de hombre que siempre fue; por desgracia, su hermano se plantó un día detrás de él con una escopeta, y le disparó en la nuca. Estaba loco, pero nunca lo ingresaron en el manicomio de Jesús.
Diré también algo más. Los puntos de no retorno deben de existir en casi todo, salvo en el pedido de la Gracia. Así que Chusé volvió a equivocarse cuando escribía es demasiado tarde para echarse atrás (p. 21), ni tengo nada ni espero nada (p. 15), cordura, sensatez, autocontrol = basura (p. 142)… La “basura” lo hubiera salvado de tirarse balcón abajo en Barcelona hace casi veinte años. Y su hecho demuestra, con el silencio resonando tras el golpe, que estaba dolorosamente equivocado.
No, no hay enseñanza. No hay salvación. No hay lugar para las bromitas o los recuerdos post mortem. No la hay fuera de lo que salva. I’ll be fearless for You, canta Building 429, y aquí encontramos una nueva épica. O los jóvenes deberían de encontrarla, y no ver nada romántico, emulable, deseoso, hermoso o literario en el hecho de que un buen o gran o mediocre escritor como Chusé Izuel decidiera poner fin a sus días saltando al vacío; mejor dicho, saltando hacia el asfalto. Por eso Amarillo es inmoral, porque llama a la duda respecto a lo que no debe ser ejemplo para nadie. Y por eso es también un gran libro. Félix Romeo ha escrito un treno por su amigo. Muchos años después. Pero eso no importa. Es esa calidad humana, ese gesto de un recuerdo imborrable, lo que también engrandece el escueto volumen, la profunda reflexión sobre los límites de la amistad, sobre sus turbios requiebros.
Alcohol, tabaco, drogas, borracheras, sexo triste, vulgaridades, desasosiego, aburrimiento, lugares comunes literarios, extrema juventud… Esos son los ingredientes de cuanto se nos narra en Amarillo. No hay nada que sacar de ahí. Ninguna enseñanza. Por donde quiera que se mire. Así que malditos aquellos que, con su palabra o con sus hechos, pretendan arrastrar hacia el abismo a quienes, como Chusé Izuel, piensan encontrar la vida eterna en esa inmundicia.

viernes 24 de julio de 2009

El Dorado

Fin de fiesta de los Encuentros Malvarrosa en el café El Dorado. Aunque a lo mejor el fin de fiesta se había producido en uno de los restaurantes del paseo de Neptuno, “La Paz”, unas horas antes, bajo la luz de las velas debido a una caída del flujo eléctrico, y el calor de una jornada de poniente. En ese caso, la jam session de más tarde fue un resopón que, en mi caso, no concluiría hasta las 4:06 de la madrugada, hora que marcaba el reloj al apagar la luz y darme la vuelta horizontalmente hacia la izquierda.
Por la mañana, recibí una llamada de José Luis Piquero: Para esta noche tenemos un plan. Bueno, mejor dicho, el plan nos ha encontrado a nosotros. En un principio pensé que “el plan” era alguna muchacha autóctona o algún Hyde cosmopolita, y que con la llamada se me invitaba a un encuentro múltiple, pero mi mente calenturienta había ido mucho más allá de la realidad: Unos amigos de Uberto Stabile nos han invitado a una “jazz session” que hacen a partir de las 11 de la noche. Segundo error (en setenta y dos horas, he dormido ocho y media): no era una jazz session, según creí oír, sino una jam session, cosa bien distinta, como todo el mundo sabe. Si os apetece y queréis, podríamos acercarnos después de la cena. Perfecto. Aceptamos. Hay otras Valencias, pero están en esta, y a veces debería de darme cuenta de ello. O en lugar de “a veces”, con más asiduidad.
Llegamos en dos coches a la calle Alzira, 25, emplazamiento de El Dorado, entramos, pedí una Fanta de limón (– ¿Schweppes de limón? – Bien, da igual.) y cuando acabó de leer su poema Alicia Martínez nos adentramos en el local para poder sentarnos en la última mesa a la derecha antes del micrófono. Ambiente relajado y variado, con poesía que me gustó y, alguna, me gustó más. Eva Vaz fue la estrella de la noche, José Luis se lo pasó muy bien, Juan Luis Bedins encontró un nuevo caldo de cultivo, Rosa María Rodríguez Magda se echó al ruedo y leyó dos poemas de su libro El deseo y la mirada, Carmen Laínez hizo fotos a diestro y siniestro pero no leyó ningún texto, y yo sólo recordé de memoria un poema de Joan-Claudi Sèrras, que recité en occitano y en una improvisadísima traducción española.
Me encontré muy a gusto, y disfruté con los divertidos poemas de Martaerre Sobrecueva, y conversando con ella; me gustaron mucho los antihaiku de Jesús Ge; aprecié el flujo verbal de Eddie J. Bermúdez; Jenni Arnau y Román Porras se limitaron a escuchar; y sí que leyeron otras dos personas, de las cuales, por desgracia, no recuerdo el nombre (una de ellas era Félix Menkar, seguro; también del responsable de El Dorado, junto a Alicia); coincidimos asimismo con otro escritor y filósofo, José Ramón Alarcón, quien recitó de memoria dos fragmentos de gran precisión verbal, y a quien ya conocíamos de antes, aunque ninguno recordaba de dónde.
Me he prometido volver. Llambert Palmart ha estado callada mucho tiempo.

domingo 19 de julio de 2009

Lecturas poéticas


Creo que, con los dos actos de esta semana, acabo el curso de actividades, al menos en tanto organizador, presentador o tareas adyacentes; como público, me quedarán, supongo, un par de cosas, y entonces la deseada inacción. Los actos son dos lecturas poéticas en la Casa-Museo Blasco Ibáñez, dentro del ciclo “El escritor y el poeta frente al mar”, que coordino. El día 22 leerán Eva Vaz y Juan Luis Bedins; el día 23, Teresa Espasa y José Luis Piquero. Está previsto realizar las lecturas en el balcón del edificio, a las 19 horas. Los poetas, además de una antología de sus versos, disertarán brevemente sobre Vicente Blasco Ibáñez y su actualidad, sobre el modo en que les ha influido (o no) en su obra, o si ha sido alguien que haya estado solapado pero, a pesar de ello, tenga una resonancia por debajo de lo apreciable. La elección y mezcla de estéticas tan diversas, y de poetas de procedencias tan variadas (Andalucía, Asturias y Valencia), enriquece el conjunto. Además, intento revalorizar así la literatura valenciana en español, que siempre se considera provinciana si no está asimilada a las modas de los popes. Aquí tenemos lo que tenemos, y es una tradición –y una actualidad– que haríamos mal si la ignoráramos: Guillem de Castro, Gregorio Mayans, Estanislao de Kostka y Vayo, Vicente Gaos… Pero esto es otro tema. Juan Luis Bedins y Teresa Espasa son grandes dinamizadores de la escena poética en nuestra ciudad, y al margen de su obra -con poemas ya míticos en esta urbe, como el “Tánger” bedinsiano, o de la amplitud y periplo tan plural de Espasa- es encomiable el mantenimiento de asociaciones adonde se acercan muchos jóvenes (o no tanto) que empiezan a dar palos de ciego cuando ven su primer verso escrito. Eva Vaz y José Luis Piquero son nombres imprescindibles de la poesía en español dentro de dos escuelas cuasi antagónicas: conciencia y experiencia, respectivamente. Si no los conocéis, ¿qué mejor lugar que frente al Mediterráneo?

martes 7 de julio de 2009

Identidad europea


A partir de mañana, vamos a tener fiesta, debate y amistad en Valencia (o eso espero…). Inauguramos a las 9:30 h., con la presencia de Rafael Blasco, conseller d’Immigració i Ciutadania de la Generalitat, y de Marcello Pera, filósofo y ex presidente del Senado italiano, el curso "Identidad Europea, Ciudadanía y Globalización”, que codirigimos en la sede de la Universidad Internacional Menéndez y Pelayo de Valencia Rosa María Rodríguez Magda, Alexandre del Valle y yo mismo. La verdad es que contamos con participantes de lujo, a quienes he leído y admiro (Bat Ye’or, Horacio Vázquez-Rial, Alfonso Rojo…). Todos reflexionaremos sobre Europa, sobre su identidad y sobre aquello que la pone en peligro. Las visiones, estoy convencido, van a ser dispares, y yo no me voy a cortar en decir lo que pienso. Sin embargo, desde cristianos a laicos, pasando por conservadores o gente rara como yo, Europa ha de ser siempre una imagen del Imperio Romano, y sobre todo de la calidad y nivel de vida que entonces se vivía. Para mejorar las cosas en nombre de la libertad han pasado dos mil años, pero no para retrotraernos a un estado de dogmas, falta de libertades, homofobia y genocidio de género, como es practicada por alguna religión en concreto, que quiere auparse a la bendición y al sometimiento de las voluntades de Europa. Todo lo que no sea cambiar de identidad religiosa las veces que lo juzgues oportuno, meterte en la cama con quien quieras sin que te persigan por ello, desnudarte en la playa y bañarte como un delfín, decir lo que te venga en gana de quien desees o sobre lo que desees... es represión. Europa la hemos de edificar sobre los valores que fueron los constitutivos de un nivel mental no asimilable en algunos aspectos, pero absolutamente deseable en la mayoría. Leed a Marcial, a Petronio, a Catulo o a Propercio, y sabréis a qué me refiero. Si esto falla, estaremos condenándonos a desaparecer para que vuelvan los bárbaros, los analfabetos, los que se aprenden los libros de memoria por no saber pensar.

jueves 2 de julio de 2009

Tokio

Llevo ya seis días en Valencia, y aún no me he recuperado de la(s) vivencia(s) de Tokio. El sábado por la tarde, sonaba de fondo una de las canciones más alegres de Ayumi Hamasaki, “Greatful Days”, y yo iba pegando gritos por casa: “¡Quiero volver a Tokio! ¡Quiero volver a Tokio!”: la fiesta nocturna en las calles de Shibuya y la despedida entre abrazos y besos de Kei, de Kayo…; la compañía de Keijiro Aso y su simpatía; las palabras que se me quedaron por decirle a Haruka Iwai mientras miles de personas iban y venían por la noche tokiota; la divertida conversación con Mª Antònia Martí y Xesco Ortegaamics per sempre– en Ikebukuro; la recepción por parte de Mashimo Yuichi, su bellísima esposa Sandra, y el profesor Katsuhiro Ueno, antes de la conferencia; la elegancia de Ginza y la cena con Elena Gallego, una mujer soberbia; la tremenda simpatía de Miguel Merino, monje zen, en un templo de las afueras de la ciudad; la delicadeza de los alumnos que prepararon para nosotros una ceremonia del té en la Universidad de Komazawa; las luces de Akihabara como el decorado de la película que mil veces había soñado; el paseo por Asakusa con Ryukichi Terao; los rascacielos de Shinjuku y las calles limpias por donde miraras; el don de gentes de Víctor Ugarte y la amabilidad de aquellos a quienes conocimos en el Instituto Cervantes; el feeling que sentí con Yoshiko Sugiyama; y por encima de todo la amistad y el cariño de Akemi Saito, a quien Rosa María y yo añoramos y de quien hablamos día tras otro, con el recuerdo del paseo por Nikkô, de la asistencia al teatro kabuki, al teatro , y de tantas palabras, sonrisas y confianza que se gestaron y brotaron en esos diez días. Tokio también es, como no podía ser de otra forma, los sentimientos y experiencias de los que no hablaré… Todavía ando como si me hubiera tomado algo, con la impresión de que voy a coger un metro y me voy a plantar en cualquiera de los lugares donde fui feliz.

lunes 8 de junio de 2009

La muerte del padre


Acabo de recibir unos cuantos ejemplares de mi último libro hasta la fecha: La muerte del padre. Se trata del diario que escribí en 2006, durante la enfermedad y fallecimiento de mi padre, tal y como reza el título. Aquellos días fueron, usando un lugar común, un verdadero infierno. La muestra son estas páginas redactadas aquí y allá, a las cinco de la mañana y a las tres de la madrugada, en español o en asturiano, en valenciano o en portugués, en Madrid o en Valencia, en Encamp o en Saelices. La muerte del padre es un diario, pero también una obra programática, donde la imagen de lo caótico, de lo que no tiene ningún sentido, de lo que nos zarandea, adquiere un papel preponderante. No disfruté en su escritura, y prácticamente es lo único que hice en aquel tiempo. Sin embargo, me siento muy satisfecho de él. Valga la paradoja, es una obra llena de vida. Además, gracias a esa toma de conciencia del género dietarístico empecé a trabar todos mis dietarios desde 1998 hasta aquí. Estoy en proceso de edición: buscando anotaciones en libretas diversas, unificando criterios de cita y toda esa labor tan ardua y tan poco agradecida. A ver si el año que viene puede salir mi dietario 1998-2005, aunque en él hay muchos huecos, y faltan también innumerables cosas importantes. Sin embargo, no voy a adelantarme. Ahora quiero disfrutar de este libro de dolor, que aún me sigue amargando por cualquier página.

domingo 24 de mayo de 2009

Iter


Domingo de actividad y sosiego. Madrugón a las ocho de la mañana tras haberme acostado casi a las cuatro. El motivo, las horas de charla, compartir y amistad que disfrutamos con Amparo Salinas y Alessandro Morello. Sin embargo, al volver a casa aún me quedé estudiando la partitura de la performance Iter, prevista (y realizada) para las 10:00 h. de hoy domingo. He notado cierto cansancio, pero no ha sido en exceso. Al llegar a la catedral, Netele Fuentes ya llevaba doce minutos de reloj aguardándonos. Los puestecitos de cerámica y souvenirs ya estaban a la espera de los turistas, y algunos de estos empezaban a traginar por el centro histórico. Netele y yo hemos leído la partitura, hemos ensayado los toques del triángulo, hemos realizado mentalmente el trayecto circunvalando la muralla romana y nos hemos revestido con la ropa destinada a Iter. Como en todos los momentos previos a una de mis acciones, no soy consciente de estar llevando a cabo un acto artístico, sino un ritual religioso. A ello se añadía que se trataba de la primera performance que acometía en mi ciudad, y también la primera que vinculaba de manera clarísima con mi pasado, con nuestro pasado, con aquello de lo que me siento heredero (de lo único que me siento heredero tras más de dos milenios): Roma (y Grecia, por supuesto). Iter ha tenido una duración aproximada de 35', y de ella podéis leer explicaciones y ver fotografías (excelentes imágenes de Rosa María Rodríguez Magda) en la página que he habilitado para ella: http://iterlainez.blogspot.com/ En cada paso, estábamos realizando el camino de la historia, y no sólo era un treno por la Europa antigua y por los Dioses durmientes, sino también el deseo de que ambas cosas vuelvan a ser parte consustancial nuestra.
Tras Iter, hemos comido juntos, pensando en nuevos proyectos e ideando nuevas formas de establecer relaciones estéticas con nuestro interior y nuestro mundo, hemos visto las fotografías de Rosa María, y hemos visionado el film de Fernando Arrabal El cementerio de automóviles. Después las obligaciones, y la tarde del domingo, han impuesto su cadencia hasta este anochecer. El único susto la bajada de azúcar de mi madre, que afortunadamente controló. Mañana he de comer con ella y con mi abuela, y eso siempre es maravilloso.
Fotografía de Rosa María Rodríguez Magda: Iter, de Josep Carles Laínez (el autor y Netele Fuentes).

martes 19 de mayo de 2009

Del consuelo


Acaba de salir publicado el poemario Del consuelo, de Carmen Laínez, en Llambert Palmart. Carmen no es la hermana que no tuve, ni la hija que nunca tendré, sino mi madre, y este es el primer libro que publica. La historia de este volumen brevísimo, de brevísimos poemas, de brevísimos versos, como a mí me gustaría haberlos escrito en sumerio o en latín, no es nada alegre. Nacieron a consecuencia de “la” enfermedad de mi padre, tras cuyo diagnóstico y operación le pronosticaron seis meses de vida. Por desgracia, fueron sólo cinco. Aquellas semanas, con el paulatino decaimiento, los ingresos de urgencia en la clínica, la impotencia y el silencio forzado, fueron una tortura, un verdadero desarrollo de la contención. Mi madre, forzada por las circunstancias, dejó la pintura, y empezó a escribir diminutos textos en una libreta. Una vez que fui a sustituirla en el cuidado de mi padre, las páginas estaban abiertas;, sin pretenderlo, leí aquellos poemas, y los apunté en el cuaderno que yo llevaba por entonces. Esos poemas conforman la primera parte de Del consuelo. No voy a repetir lo que digo en el prólogo, pero están muy logrados: te golpean, te clavan con una palabra que trastoca su ambientación, te desorientan. Las otras dos secciones del libro quise dotarlas –yo me he ocupado de la edición– de una perspectiva más optimista o, al menos, de lento despegue tras la tragedia. Con las reservas necesarias, creo que lo logré. Al menos, en parte, habida cuenta del cariz, también sombrío, de su poesía más reciente.