Llevo ya seis días en Valencia, y aún no me he recuperado de la(s) vivencia(s) de Tokio. El sábado por la tarde, sonaba de fondo una de las canciones más alegres de Ayumi Hamasaki, “Greatful Days”, y yo iba pegando gritos por casa: “¡Quiero volver a Tokio! ¡Quiero volver a Tokio!”: la fiesta nocturna en las calles de Shibuya y la despedida entre abrazos y besos de Kei, de Kayo…; la compañía de Keijiro Aso y su simpatía; las palabras que se me quedaron por decirle a Haruka Iwai mientras miles de personas iban y venían por la noche tokiota; la divertida conversación con Mª Antònia Martí y Xesco Ortega –amics per sempre– en Ikebukuro; la recepción por parte de Mashimo Yuichi, su bellísima esposa Sandra, y el profesor Katsuhiro Ueno, antes de la conferencia; la elegancia de Ginza y la cena con Elena Gallego, una mujer soberbia; la tremenda simpatía de Miguel Merino, monje zen, en un templo de las afueras de la ciudad; la delicadeza de los alumnos que prepararon para nosotros una ceremonia del té en la Universidad de Komazawa; las luces de Akihabara como el decorado de la película que mil veces había soñado; el paseo por Asakusa con Ryukichi Terao; los rascacielos de Shinjuku y las calles limpias por donde miraras; el don de gentes de Víctor Ugarte y la amabilidad de aquellos a quienes conocimos en el Instituto Cervantes; el feeling que sentí con Yoshiko Sugiyama; y por encima de todo la amistad y el cariño de Akemi Saito, a quien Rosa María y yo añoramos y de quien hablamos día tras otro, con el recuerdo del paseo por Nikkô, de la asistencia al teatro kabuki, al teatro nô, y de tantas palabras, sonrisas y confianza que se gestaron y brotaron en esos diez días. Tokio también es, como no podía ser de otra forma, los sentimientos y experiencias de los que no hablaré… Todavía ando como si me hubiera tomado algo, con la impresión de que voy a coger un metro y me voy a plantar en cualquiera de los lugares donde fui feliz.
jueves 2 de julio de 2009
lunes 8 de junio de 2009
La muerte del padre

Acabo de recibir unos cuantos ejemplares de mi último libro hasta la fecha: La muerte del padre. Se trata del diario que escribí en 2006, durante la enfermedad y fallecimiento de mi padre, tal y como reza el título. Aquellos días fueron, usando un lugar común, un verdadero infierno. La muestra son estas páginas redactadas aquí y allá, a las cinco de la mañana y a las tres de la madrugada, en español o en asturiano, en valenciano o en portugués, en Madrid o en Valencia, en Encamp o en Saelices. La muerte del padre es un diario, pero también una obra programática, donde la imagen de lo caótico, de lo que no tiene ningún sentido, de lo que nos zarandea, adquiere un papel preponderante. No disfruté en su escritura, y prácticamente es lo único que hice en aquel tiempo. Sin embargo, me siento muy satisfecho de él. Valga la paradoja, es una obra llena de vida. Además, gracias a esa toma de conciencia del género dietarístico empecé a trabar todos mis dietarios desde 1998 hasta aquí. Estoy en proceso de edición: buscando anotaciones en libretas diversas, unificando criterios de cita y toda esa labor tan ardua y tan poco agradecida. A ver si el año que viene puede salir mi dietario 1998-2005, aunque en él hay muchos huecos, y faltan también innumerables cosas importantes. Sin embargo, no voy a adelantarme. Ahora quiero disfrutar de este libro de dolor, que aún me sigue amargando por cualquier página.
domingo 24 de mayo de 2009
Iter

Domingo de actividad y sosiego. Madrugón a las ocho de la mañana tras haberme acostado casi a las cuatro. El motivo, las horas de charla, compartir y amistad que disfrutamos con Amparo Salinas y Alessandro Morello. Sin embargo, al volver a casa aún me quedé estudiando la partitura de la performance Iter, prevista (y realizada) para las 10:00 h. de hoy domingo. He notado cierto cansancio, pero no ha sido en exceso. Al llegar a la catedral, Netele Fuentes ya llevaba doce minutos de reloj aguardándonos. Los puestecitos de cerámica y souvenirs ya estaban a la espera de los turistas, y algunos de estos empezaban a traginar por el centro histórico. Netele y yo hemos leído la partitura, hemos ensayado los toques del triángulo, hemos realizado mentalmente el trayecto circunvalando la muralla romana y nos hemos revestido con la ropa destinada a Iter. Como en todos los momentos previos a una de mis acciones, no soy consciente de estar llevando a cabo un acto artístico, sino un ritual religioso. A ello se añadía que se trataba de la primera performance que acometía en mi ciudad, y también la primera que vinculaba de manera clarísima con mi pasado, con nuestro pasado, con aquello de lo que me siento heredero (de lo único que me siento heredero tras más de dos milenios): Roma (y Grecia, por supuesto). Iter ha tenido una duración aproximada de 35', y de ella podéis leer explicaciones y ver fotografías (excelentes imágenes de Rosa María Rodríguez Magda) en la página que he habilitado para ella: http://iterlainez.blogspot.com/ En cada paso, estábamos realizando el camino de la historia, y no sólo era un treno por la Europa antigua y por los Dioses durmientes, sino también el deseo de que ambas cosas vuelvan a ser parte consustancial nuestra.
Tras Iter, hemos comido juntos, pensando en nuevos proyectos e ideando nuevas formas de establecer relaciones estéticas con nuestro interior y nuestro mundo, hemos visto las fotografías de Rosa María, y hemos visionado el film de Fernando Arrabal El cementerio de automóviles. Después las obligaciones, y la tarde del domingo, han impuesto su cadencia hasta este anochecer. El único susto la bajada de azúcar de mi madre, que afortunadamente controló. Mañana he de comer con ella y con mi abuela, y eso siempre es maravilloso.
Fotografía de Rosa María Rodríguez Magda: Iter, de Josep Carles Laínez (el autor y Netele Fuentes).
martes 19 de mayo de 2009
Del consuelo
Acaba de salir publicado el poemario Del consuelo, de Carmen Laínez, en Llambert Palmart. Carmen no es la hermana que no tuve, ni la hija que nunca tendré, sino mi madre, y este es el primer libro que publica. La historia de este volumen brevísimo, de brevísimos poemas, de brevísimos versos, como a mí me gustaría haberlos escrito en sumerio o en latín, no es nada alegre. Nacieron a consecuencia de “la” enfermedad de mi padre, tras cuyo diagnóstico y operación le pronosticaron seis meses de vida. Por desgracia, fueron sólo cinco. Aquellas semanas, con el paulatino decaimiento, los ingresos de urgencia en la clínica, la impotencia y el silencio forzado, fueron una tortura, un verdadero desarrollo de la contención. Mi madre, forzada por las circunstancias, dejó la pintura, y empezó a escribir diminutos textos en una libreta. Una vez que fui a sustituirla en el cuidado de mi padre, las páginas estaban abiertas;, sin pretenderlo, leí aquellos poemas, y los apunté en el cuaderno que yo llevaba por entonces. Esos poemas conforman la primera parte de Del consuelo. No voy a repetir lo que digo en el prólogo, pero están muy logrados: te golpean, te clavan con una palabra que trastoca su ambientación, te desorientan. Las otras dos secciones del libro quise dotarlas –yo me he ocupado de la edición– de una perspectiva más optimista o, al menos, de lento despegue tras la tragedia. Con las reservas necesarias, creo que lo logré. Al menos, en parte, habida cuenta del cariz, también sombrío, de su poesía más reciente.
domingo 17 de mayo de 2009
Desayuno con Lawrence

Hace ya varias semanas (¿hará meses?), Lawrence Schimel me hizó llegar por e-mail su primer poemario, Desayuno en la cama (Madrid, Egales-Desatada, 2008). Sin embargo, fetichista que es uno, no paré hasta tener el libro en formato papel. No lo encontré en mi ciudad, pero sí en la librería Berkana de Chueca. Sólo así, acariciando el libro, pasando las hojas hacia delante y hacia atrás, cotilleando los créditos y observando las fotos, pude hacer mío este volumen. Poemas de amor entre hombres, de sexo y de deseo, aunque sobre todo poemas de desamor, y de tristeza, y de una clara sensación de desvalimiento: Me doy cuenta de que no sólo / viajo solo sino que / estoy solo. De Lawrence conocía buena parte de su obra narrativa (su delicado y brillante Mi novio es un duende me encantó), y también su cómic Vacaciones en Ibiza, que presentó hace más de un lustro en el Colectivo Lambda de Valencia junto al dibujante Sebas. En aquel tiempo aún estaba abierta la librería El Cobertizo, que por desgracia no pudo seguir creando espacios de cultura y libertad sexual. En Palmart estuvimos incluso a punto de publicarle un cuento a Lawrence, pero fue una época bastante dura, con la desaparición de dos socios y casi el cierre definitivo de aquel proyecto editorial que aún pervive aunque sea con mucho amor y sacrificio. Por eso me alegra tener en las manos este nuevo libro de Lawrence (¡un guapo chico neoyorquino viviendo en Madrid!: el mundo al revés) y penetrar en su universo vivencial. Publicar un libro siempre es ofrendarse a los lectores. Espero, en contraprestación, que todos sus sueños crezcan, como la rana de sus versos, en príncipe.
sábado 16 de mayo de 2009
Xixón todavía nos quiere
Viaje extraño a Gijón. El motivo, la 6ª Escuela Feminista “Rosario Acuña”, así que tres días intensivos de conferencias y de mesas redondas sin tiempo para pasear por la ciudad ni dedicarme al turismo. Afortunadamente, la última de las mañanas me escapé a las termas romanas y, más tarde, a ver a mi amigo David González, con quien no pude estar mucho, pero de quien volví a apreciar su gran talla humana y su excelencia poética. Le llevé el último libro que hemos sacado en Palmart, Del consuelo, de Carmen Laínez, y él me obsequió con dos grandes regalos: la reedición ampliada de su antología El demonio te coma las orejas (1997-2008) y el volumen inencontrable Los centros de la calle.
El sábado, tras haber trasnochado en exceso debido a la fiesta que llevaban encima algunas participantes (menos Alejandra, de Oaxaca, con quien me quedé en un taburete mirando sus ojos negrísimos mientras hablábamos de México DF), viaje de retorno, no sin hacer una pequeña escala en Recópolis, una de las dos únicas ciudades que erigieron los visigodos en Hispania. De nuevo yo y mi amor por las ruinas. Por la noche, con cansancio, también me tocó apagar tardísimo las bombillas del día, pues me entrevistaba Pedro Riba, director y presentador del programa “Luces en la oscuridad” en Punto Radio. El tema, Leónidas. Leónidas… –le decía a Rosa María por las carreteras de Castilla. Si hubiera tenido un hijo le hubiera puesto de nombre Leónidas: “Leónidas Laínez”.
Delante de internet, y esperando que se hicieran las 2:30 de la madrugada para recibir la llamada del programa, veo las fotos que nos hicimos las comidas y las cenas del congreso: la simpatía, la responsabilidad y el ángel de Cristina Maidagan, que cuando me dijo que vivía en San Sebastián pensé que era un pueblo asturiano; la elegancia y la apertura de pensamiento de Latifa Lakhbar, charlar con ella hizo que me replantease muchas cosas; la sabiduría, el arte y lo extrovertido de Cristina Molina Petit, de las islas Canarias (“Llevamos un día aquí y a los valencianos les han dado dos veces arroz y yo me he comido un plátano”); la enorme cultura y don de palabra de Amelia Valcárcel; la claridad expositiva y la jovialidad, desde hace tantos años, de Alicia Miyares; la valentía y trayectoria de Norma Reyes… Fuera de concurso, por haber sido excepcional, la hospitalidad, cercanía y simpatía de las organizadoras del congreso: Begoña Fernández, concejala de Igualdad, Empleo y Juventud, del Ayuntamiento de Gijón; Felisa Soria, jefa de la Oficina de Políticas de Igualdad del Ayuntamiento de Gijón; y Chus Martín, que regenta un soberbio espacio cultural, el Café Dam. Tres días de una gran sensación de estar aprovechando el tiempo a pesar de pájaras, decepciones, clima invernal, vacío creativo y mono consumista, que no pude resistir el viernes a las 19:00, lanzándome como un desesperado a las puertas de la librería Paradiso, donde me gasté todo lo que debería haber ahorrado.
En la imagen inferior (de izquierda a derecha): Felisa, Begoña, Alicia, Cristina, Josep Carles y Rosa María (en la fila superior); Latifa, Alejandra y Norma (en la inferior).
martes 12 de mayo de 2009
Maneerat

Escuchar la música que una persona te ofrenda como propia es para mí un acto de respeto y de cariño. A través de autores y canciones (Rose, Pause, Groove Riders…), estamos introduciéndonos en un mundo ajeno al nuestro, construyendo con melodías y letras un universo que antes no existía, y que la mayor parte de las veces tiene pocos visos de ser edificado con algo más que no sea el anhelo. Cada nota es un remache de lo imposible, cada palabra que no entendemos el presagio de la distancia que, en algún instante, será insalvable. Eso no ocurre con toda la música que te hacen escuchar, por supuesto. Sucede, de manera especialísima, cuando te la regala alguien a quien los Dioses han puesto cerca de ti, ellos sabrán el motivo. Y entonces te percatas de que da igual cómo pasa el tiempo, o incluso si pasa el tiempo, y te vuelves a ver, quizá de forma patética, eternamente joven, con 24 años de nuevo, como si el mundo aún tuviera algo radiante que ofrecerte, o las galaxias se expandieran para tantas vidas y experiencias como tu corazón pide. Últimamente he pensado bastante en un poema del mexicano José Emilio Pacheco, el titulado “O toi, que j’eusse aimée”. Lo he recitado muchas veces, las últimas en Chipre, bajo efluvios armenios, y en Gran Canaria, con apellido Sidi, de “señor”. Ahora surge otra vez la cadencia de constatar que para uno salieron todos los barcos, que uno perdió todos los aviones que podía haber tomado, y que las autopistas de alegría y libertad no te acogerán ya nunca. Y da igual lo feliz que uno sea, lo a gusto que te encuentres, las gracias que has de dar por la vida que tienes, como mandan antiguos y modernos profetas. Eso es aparte. Lo principal es que el spleen y el ensueño no lo perderemos nunca, clavado como un anzuelo en la garganta. Para algunos, a lo mejor, incluso se acrecienta el dolor conforme la espiral aumenta la velocidad de caída. Ante la aparición de la belleza (o más aún, de la dulzura y la sensibilidad juntas) sólo nos cabe, a los 39 años, ser dignos, no caer en el rídiculo, pues a una determinada edad ya no existen los ángeles. Voy a la librería, cojo la antología de Pacheco, busco el poema citado. Me pregunto cómo se recitará en thai. Y me gustaría cantar con Rose No me importa cómo pasa el tiempo, o ir transfigurado en otra persona, sin causar daño a nadie, directo a tu corazón.
domingo 10 de mayo de 2009
Moda

El pasado miércoles 6 de mayo de 2009 participé en una mesa redonda en El Corte Inglés de la avenida de Francia, en Valencia, sobre moda. El acto se celebró con ocasión de la pasarela "Días de Moda" que ha organizado este centro comercial, y en él intervinieron, además de la gran periodista y profunda conocedora del tema Mara Calabuig, tres de los cuatro diseñadores españoles que presentaron sus colecciones de prêt-à-porter para la temporara primavera-verano 2009: Carlos Haro, Mercedes de Miguel y Dolores Font (de la firma Dolores Cortés); junto a ellos, también yo. Fue grato escuchar la enorme sabiduría de Mara, y su gracia para salir resuelta de todas las situaciones. Mercedes me resultó una mujer de una clase y estilo increíbles; y Dolores, a pesar de que podría hacer gala hasta el exceso de su caudal creativo y de ser una de las diseñadoras de baño más importantes, es sencilla y cercana. Carlos, como de costumbre, con una gran facilidad de palabra. La mesa se desarrolló suavemente, aunque yo dije un par de cosas que quizá se me malinterpretaron cuando hablé de cómo podía influir la crisis actual en el mundo de la moda. No obstante, creo que me volví a explicar bien. Lo escribiré en un próximo artículo de Diario Crítico, en todo caso. El público intervino, no sin polémica tampoco. En fin, que si llega a durar más, la cosa se hubiera cogido, pues todos estábamos con ganas, en esa tarde de primavera, de pensar en algo que la actual sociedad tiene como emblema del lujo y de la vie en rose. No hay otra disciplina artística que reúna tantas connotaciones como el diseño de moda. Seremos sus sacerdotes, pues, o al menos sus fieles.
En la foto, de derecha a izquierda, Carlos Haro, Mercedes de Miguel, Mara Calabuig, Dolores Font y Josep Carles Laínez.
lunes 4 de mayo de 2009
miércoles 25 de marzo de 2009
Ángeles
Los ángeles son como los componentes de este grupo, el japonés Alice Nine. Los veremos cuando nos sea dado. Y quien no lo sepa de antes comprenderá, en ese momento, por qué Dios es amor, y el amor es materia.
lunes 23 de marzo de 2009
Dietario
Desde que he regresado de Gibraltar, sólo escucho música. Bueno, miento: leo también, escribo, dejo reposar ideas, me entristecen los libros que tengo arramblados durante años, deseo la llegada de la luz hasta muy tarde… Hoy he empezado a corregir, ya en serio, mi diario 1999-2005; saldrá, si los Dioses quieren, en un solo volumen. Lo malo de este género es que te envicia, te aboca a ti, y observas el mundo como un espacio donde tú evolucionas. Sigo, para variar, prendido de la Belleza; no con los arrebatos juveniles, sino con la ataraxia de la madurez: no hay deseo hacia el futuro, sino rabia por el pasado. Incluso establezco relaciones extrañas con decisiones que tomé en los años prometedores y se quedaron en palabras sobre el agua. No se arrepiente uno de la vida que tiene, sino de no tener mil vidas paralelas. Pero aunque me deje llevar por la imaginación en poemas nunca escritos, no consigo columbrar la magia de los veinte años, la fruición de los deseos libres de todo futuro, cuando buscábamos el amor y este era un éxtasis, el punto final, la conclusión de la historia, y la felicidad se eternizaba para siempre. Tal vez es mejor que no me introduzca por esta senda, pues a lo mejor siempre añoramos lo que nos destruiría.
viernes 27 de febrero de 2009
Carlos Haro
La única manera de gozar es no parando. Hoy a las 17:30 me he tenido que dejar caer sobre el futon porque ya era inaguantable. En lo que llevamos de semana, he dormido quince horas, y ha habido instantes en los que la debilidad se me apoderaba. Para colmo, dos noches me quede sin cenar: tras la presentación de Diariocrítico de la CV el martes, y ayer. El ritmo en el despacho es además frenético, y añado desvelos editoriales, con las prisas que nunca me quito de encima.
Afortunadamente, y superando el cansancio, esta tarde he hecho una pausa para asistir a la presentación de la primera colección de prêt-à-porter del diseñador valenciano Carlos Haro. Antes del desfile, hemos escuchado al director del centro de la avenida de Francia donde ha tenido lugar y al mismo Carlos, explicando con tino cuál ha sido su primera experiencia en este nuevo ámbito de la moda, y su trayectoria desde niño. La colección, Tropicana, conjuga de una manera muy oportuna una inspiración deudora de un radiante exotismo (estampados, lentejuelas…) con un toque de raigambre clásica que hace intemporal su propuesta. Sobre todo ha desprendido una gran frescura. Y yo, por cierta deformación profesional, he visto a Lauren Bacall dentro de alguno de los vestidos.
Presentaciones así son posibles gracias a personas como José Luis Díaz y Juan Carlos Martínez, pesos pesados de El Corte Inglés. José Luis es un anfitrión que hace que te sientas cómodo desde el instante en que le estreches la mano, y es alguien que transmite confianza. ¿Y qué voy a contar de Juan Carlos Martínez que no sea bueno? Nos conocemos desde hace 27 años. No sólo es un profesional que ama lo que hace, sino que tiene una comprensión de la moda que transforma cada conversación en una clase. Por otro lado, su distinción y su exquisitez hacen un placer cada encuentro. Pero, además, y aunque él no alardee, también se ha dedicado al diseño en sus años jóvenes, por lo que ha experimentado el mundo de la moda desde todos sus ángulos.
Al salir del desfile, quienes beben alcohol han gozado de una copa de cava en la espectacular terraza. Mientras tanto, me he dedicado a tomar algunas fotos de una Va
lencia hermosa de noche. Me he acordado de Jorge Mestre y lo que he repetido aquí hasta la saciedad: ese ahínco por construir una Valencia nueva. Jorge desde Diariocrítico y Homme está aportando cosas; y a Juan Carlos Martínez, organizando desfiles y apostando por diseñadores propios (la accesibilidad de la obra d Francis Montesinos y ahora de Carlos Haro han sido dos logros suyos), lo he visto en la misma línea. Una ciudad no es ciudad sin glamour y sin orgullo por ser lo que quiere ser. Espero que poco a poco lo consigamos.
Afortunadamente, y superando el cansancio, esta tarde he hecho una pausa para asistir a la presentación de la primera colección de prêt-à-porter del diseñador valenciano Carlos Haro. Antes del desfile, hemos escuchado al director del centro de la avenida de Francia donde ha tenido lugar y al mismo Carlos, explicando con tino cuál ha sido su primera experiencia en este nuevo ámbito de la moda, y su trayectoria desde niño. La colección, Tropicana, conjuga de una manera muy oportuna una inspiración deudora de un radiante exotismo (estampados, lentejuelas…) con un toque de raigambre clásica que hace intemporal su propuesta. Sobre todo ha desprendido una gran frescura. Y yo, por cierta deformación profesional, he visto a Lauren Bacall dentro de alguno de los vestidos.
Presentaciones así son posibles gracias a personas como José Luis Díaz y Juan Carlos Martínez, pesos pesados de El Corte Inglés. José Luis es un anfitrión que hace que te sientas cómodo desde el instante en que le estreches la mano, y es alguien que transmite confianza. ¿Y qué voy a contar de Juan Carlos Martínez que no sea bueno? Nos conocemos desde hace 27 años. No sólo es un profesional que ama lo que hace, sino que tiene una comprensión de la moda que transforma cada conversación en una clase. Por otro lado, su distinción y su exquisitez hacen un placer cada encuentro. Pero, además, y aunque él no alardee, también se ha dedicado al diseño en sus años jóvenes, por lo que ha experimentado el mundo de la moda desde todos sus ángulos.
Al salir del desfile, quienes beben alcohol han gozado de una copa de cava en la espectacular terraza. Mientras tanto, me he dedicado a tomar algunas fotos de una Va
P.S. En la fotografía, de izquierda a derecha, José Luis Díaz, Juan Carlos Martínez, Carlos Haro y el escritor más heterodoxo de Europa.
miércoles 25 de febrero de 2009
Desficio
En algunos momentos el deseo puede ser tan atroz que conduce a la ataraxia. Toda tu carne ha sido puesta en movimiento y no hay esa otra carne que, no nos engañemos, anhelas poseer de la piel a las entrañas. En ese momento de desficio, en el que descubres que es imposible aquello para lo que has sido creado, empieza la angustia. El deseo no es deseo hasta que no nos paraliza. Y entonces, por desgracia, es más que deseo: conciencia.
sábado 21 de febrero de 2009
Aún invierno
Estoy escuchando a Alton Ellis porque no puedo hacer otra cosa. Su ska primigenio me lleva a otro tiempo y a otro lugar. Además, El luchador (The Wrestler), melodrama telefílmico con esperable desenlace, no me ha dejado el cuerpo para muchas alegrías, pensando en cómo puede ser la clausura: un infarto que te deja seco al instante, o un choque con el automóvil a 200. Un golpe así, y punto. Esos finales serían maravillosos, deseados. Estar y ya no estar. Sin molestar a nadie, sin sentir tú tampoco que decaes. En El luchador, sin embargo, lo que hay es una especie de suicidio, de arrastrarse uno mismo ante el vacío de una ciudad desoladora y de cualquier afecto del protagonista. De todos modos, no quiero hacerme mucho caso: estoy volviendo a la realidad desde el espacio adonde nos arrebata la belleza, y cuesta volver, aunque la experiencia no sea en absoluto grata. La belleza, la verdadera, siempre es extremadamente dolorosa para quienes somos carne y huesos. Una cosa que desasosiega lo ha llamado mi amigo José Luis Piquero. Sí, porque no hay éxtasis alguno, ni alegría, sino desasosiego; desfizio en mi castellano-aragonés materno, la desazón por lo que ya no existe, ni existió para nosotros. Lo bello puede resultar tan insoportable como lo terrible: rabia, llanto, frustración, golpes sordos, desgana, apatía… Por eso tal vez nos recreamos en la vulgaridad, en un término medio que nos hace la vida más cómoda, pero que acabará matándonos del mismo modo. ¿Veis? Hablo de la belleza y a la vez hablo de la muerte. Van unidas porque son igual de incomprensibles. No, miento: la belleza es más incomprensible porque no sabemos que exista de verdad hasta que, un día cualquiera, la percibimos; la muerte sabemos qué es desde bien pequeños. Pero cuando la belleza podría ser una victoria sobre la muerte, resulta que se hace hermana de ella, y sólo el fin absoluto nos librará de la congoja de no haberla jamás obtenido: como el Cambridge eterno de Clive Durham o el sol en las manos adolescentes de Gustav von Eschenbach. E sento che di questo tormento tregua / mai non avrò.
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