Yo a veces tengo un problema con las cosas que me gustan mucho: las abandono o me olvido de ellas. Es como si quisiera prevenirme de algo: de una emoción estética demasiado profunda, de una sensación que soy incapaz de verbalizar y que veo innecesario intentar transmitir porque me sobrepasa, o porque temo que al acabar –al devorar– ese texto o esa ópera, ya no tendré de nuevo la posibilidad de acceder a ella de una manera virgen. Se me ocurren muchos ejemplos de esto. En novela, uno de los más recientes –aunque no de los más excelsos para quien sea extremadamente purista– me ocurrió cuando empecé a hojear una de las grandes sagas de Dan Simmons, Ilion. Cabe decir que para mí la Ilíada es libro de cabecera, que lo considero igual de sagrado que la Biblia, y que cuando me encuentro medio decaído, basta que empiece a susurrar el “Canta, oh Diosa, la cólera de Aquiles el Pelida…” para notar cómo la “Diosa” se apodera de mí y empieza a desterrar toda suerte de maldades mentales. Por ello, al abrir el primer volumen de la tetralogía del escritor estadounidense, y leer…:
Canta, oh, Musa, la cólera de Aquiles, hijo de Peleo, asesino, ejecutor de hombres destinados a morir, canta la cólera que costó a los aqueos tantos buenos hombres y envió tantas almas vitales y valerosas a la temible Casa de la Muerte. Y de paso, oh, Musa, canta la cólera de los propios dioses, tan petulantes y poderosos aquí en su nuevo Olimpo, y la cólera de los posthumanos, muertos y desaparecidos como parecían, y la cólera de los pocos humanos auténticos que quedan, por ensimismados e inútiles que puedan haberse vuelto. Mientras estás cantando, oh, Musa, canta también la cólera de esos seres pensativos sintientes, serios pero no del todo humanos que soñaban bajo los hielos de Europa, morían en la ceniza sulfurosa de Io y nacían en los fríos pliegues de Ganímedes.
…hube de cerrar el libro de un golpe. El estupor y el deseo fue tal, que seguir se hubiese transformado en arrumbar lo trascendente, el gozo estético irreproducible, para acceder a lo literario, a lo que no dejaría de ser una “historieta” (dicho sea sin sentido despectivo y aplicable a cualquier novela).
Algo del mismo orden me sucedió, pero esto tiene más delito, con un libro enviado desde otra tierra de “hielos de Europa” y de “fríos pliegues”: Estonia. Jüri Talvet, soberbio poeta, intelectual e hispanista, nos remitió a Rosa María y a mí, dedicado, su segundo libro de poemas en español: Del sueño, de la nieve, publicado en Zaragoza, a finales de 2010, por la editorial Olifante, y traducido por Albert Lázaro-Tinaut. A mí me cupo el gozo de sacar en la editorial Llambert Palmart el primer libro en español de Jüri, Elegía estonia y otros poemas, también en versión del amigo Albert, y de sobrecogerme hasta el llanto con ese largo y significativo poema, “Elegía estonia”, un hito dentro de las letras europeas contemporáneas, tan dadas, por desgracia, a lo caduco o a lo vulgar.
Pero Del sueño, de la nieve no duró mucho tiempo en el purgatorio de los libros sin leer. Lo devoramos de inmediato. Algún poema lo había traducido, desde el inglés, al aragonés o al asturiano, pero la mayoría no. Jüri Talvet es un poeta, que diríamos aquí, culturalista, y de diálogo constante con la tradición no sólo estonia, sino sobre todo europea. Por otro lado, su afán metapoético, aunque no sea siempre explícito, subyace en muchísimos versos.
Sin embargo, este poemario en español iba con sorpresa final. No sé si un sexto sentido me hizo detectar un crescendo angustioso y dramático. Conforme avanzaba por las páginas del libro, iba acelerando la lectura. Experimentaba la necesidad de dar con el puro contenido de los textos, con una verdad esencial que se me estaba escapando. Y al final llegué a ese momento en que rimas, estrofas o deudas se tornan innecesarias. Si diseccionamos un poema, lo estamos destruyendo. Quizá por eso soy de los críticos que pocas veces hablan o escriben de lo que les gusta, pues no puedo decir más que “soberbio” o “sin palabras”. Será un defecto, sí, pero para mí es un acto religioso de creencia en la sacralidad, en la trascendencia, de lo que he leído. El gozo estético (o supraestético) es de tal entidad que rebajarlo al lenguaje de los hombres lo despojaría, para mí, de ese misterio.
Los cinco últimos poemas de la antología Del sueño, de la nieve de Jüri Talvet, y sobre todo el último, “Pinos”, no sólo son los más breves; son también los más “esenciales” en el sentido de que buscan captar la esencia de lo que está más allá de la poesía, es decir, de aquello que la poesía, desde los cantos primitivos, intenta transmitir. Los tengo desde aquel momento de la primera lectura en el espacio predilecto de las piezas inmortales, de los poemas que son la cumbre de décadas dedicadas a la literatura. En cuanto a vivencia del hecho literario, la prueba fundamental que le aplico a un poema es que me cause un cortocircuito que me lleve al llanto. Jüri Talvet lo consiguió con creces.
En Estonia, estuvimos hace año y medio. En Tartu, en Alatskivi, y en otros lugares más pequeños, con Jüri; en Tallinn, con su hija Laura Talvet, cineasta y periodista. La colaboración entre Jüri y yo comenzó hace mucho, gracias al escritor Salvador Santa Puche, que sirvió de bisagra. Yo le he traducido, él me ha traducido al estonio; yo le he publicado, él nos ha publicado; hemos contribuido en sus revistas, él en la nuestra; e incluso convertí en personaje literario a Laura en mi prosa “Anochecer en Tartu”, que publicó José Luis García Martín en el número 90 de la revista Clarín, hará pronto un año.
Estonia me es un país muy cercano, a pesar de su lejanía, y también de la enorme diferencia entre la idiosincrasia de las gentes del Mediterráneo y las del Báltico. Y su literatura, sorprendente y grande, con F. R. Kreutzwald, Kristian Jaak Peterson –¡¡ay, Peterson, de quien tanto me gustaría leer sus diarios!!–, Lydia Koidula, Juhan Liiv… De hecho fui buscando obras de todos ellos por librerías de viejo de Tartu, como un desesperado fetichista, aunque nunca fuera a entender una palabra. En esa lista de escritores estonios, Jüri Talvet aparece, a inicios del siglo XXI, como una voz inconmensurable, necesaria, y de múltiples registros. En su poesía, anida la verdad.







