sábado 21 de febrero de 2009

Aún invierno

Estoy escuchando a Alton Ellis porque no puedo hacer otra cosa. Su ska primigenio me lleva a otro tiempo y a otro lugar. Además, El luchador (The Wrestler), melodrama telefílmico con esperable desenlace, no me ha dejado el cuerpo para muchas alegrías, pensando en cómo puede ser la clausura: un infarto que te deja seco al instante, o un choque con el automóvil a 200. Un golpe así, y punto. Esos finales serían maravillosos, deseados. Estar y ya no estar. Sin molestar a nadie, sin sentir tú tampoco que decaes. En El luchador, sin embargo, lo que hay es una especie de suicidio, de arrastrarse uno mismo ante el vacío de una ciudad desoladora y de cualquier afecto del protagonista. De todos modos, no quiero hacerme mucho caso: estoy volviendo a la realidad desde el espacio adonde nos arrebata la belleza, y cuesta volver, aunque la experiencia no sea en absoluto grata. La belleza, la verdadera, siempre es extremadamente dolorosa para quienes somos carne y huesos. Una cosa que desasosiega lo ha llamado mi amigo José Luis Piquero. Sí, porque no hay éxtasis alguno, ni alegría, sino desasosiego; desfizio en mi castellano-aragonés materno, la desazón por lo que ya no existe, ni existió para nosotros. Lo bello puede resultar tan insoportable como lo terrible: rabia, llanto, frustración, golpes sordos, desgana, apatía… Por eso tal vez nos recreamos en la vulgaridad, en un término medio que nos hace la vida más cómoda, pero que acabará matándonos del mismo modo. ¿Veis? Hablo de la belleza y a la vez hablo de la muerte. Van unidas porque son igual de incomprensibles. No, miento: la belleza es más incomprensible porque no sabemos que exista de verdad hasta que, un día cualquiera, la percibimos; la muerte sabemos qué es desde bien pequeños. Pero cuando la belleza podría ser una victoria sobre la muerte, resulta que se hace hermana de ella, y sólo el fin absoluto nos librará de la congoja de no haberla jamás obtenido: como el Cambridge eterno de Clive Durham o el sol en las manos adolescentes de Gustav von Eschenbach. E sento che di questo tormento tregua / mai non avrò.