En algunos momentos el deseo puede ser tan atroz que conduce a la ataraxia. Toda tu carne ha sido puesta en movimiento y no hay esa otra carne que, no nos engañemos, anhelas poseer de la piel a las entrañas. En ese momento de desficio, en el que descubres que es imposible aquello para lo que has sido creado, empieza la angustia. El deseo no es deseo hasta que no nos paraliza. Y entonces, por desgracia, es más que deseo: conciencia.
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