Acaba de salir publicado el poemario Del consuelo, de Carmen Laínez, en Llambert Palmart. Carmen no es la hermana que no tuve, ni la hija que nunca tendré, sino mi madre, y este es el primer libro que publica. La historia de este volumen brevísimo, de brevísimos poemas, de brevísimos versos, como a mí me gustaría haberlos escrito en sumerio o en latín, no es nada alegre. Nacieron a consecuencia de “la” enfermedad de mi padre, tras cuyo diagnóstico y operación le pronosticaron seis meses de vida. Por desgracia, fueron sólo cinco. Aquellas semanas, con el paulatino decaimiento, los ingresos de urgencia en la clínica, la impotencia y el silencio forzado, fueron una tortura, un verdadero desarrollo de la contención. Mi madre, forzada por las circunstancias, dejó la pintura, y empezó a escribir diminutos textos en una libreta. Una vez que fui a sustituirla en el cuidado de mi padre, las páginas estaban abiertas;, sin pretenderlo, leí aquellos poemas, y los apunté en el cuaderno que yo llevaba por entonces. Esos poemas conforman la primera parte de Del consuelo. No voy a repetir lo que digo en el prólogo, pero están muy logrados: te golpean, te clavan con una palabra que trastoca su ambientación, te desorientan. Las otras dos secciones del libro quise dotarlas –yo me he ocupado de la edición– de una perspectiva más optimista o, al menos, de lento despegue tras la tragedia. Con las reservas necesarias, creo que lo logré. Al menos, en parte, habida cuenta del cariz, también sombrío, de su poesía más reciente.
martes 19 de mayo de 2009
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)


0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada