
Escuchar la música que una persona te ofrenda como propia es para mí un acto de respeto y de cariño. A través de autores y canciones (Rose, Pause, Groove Riders…), estamos introduciéndonos en un mundo ajeno al nuestro, construyendo con melodías y letras un universo que antes no existía, y que la mayor parte de las veces tiene pocos visos de ser edificado con algo más que no sea el anhelo. Cada nota es un remache de lo imposible, cada palabra que no entendemos el presagio de la distancia que, en algún instante, será insalvable. Eso no ocurre con toda la música que te hacen escuchar, por supuesto. Sucede, de manera especialísima, cuando te la regala alguien a quien los Dioses han puesto cerca de ti, ellos sabrán el motivo. Y entonces te percatas de que da igual cómo pasa el tiempo, o incluso si pasa el tiempo, y te vuelves a ver, quizá de forma patética, eternamente joven, con 24 años de nuevo, como si el mundo aún tuviera algo radiante que ofrecerte, o las galaxias se expandieran para tantas vidas y experiencias como tu corazón pide. Últimamente he pensado bastante en un poema del mexicano José Emilio Pacheco, el titulado “O toi, que j’eusse aimée”. Lo he recitado muchas veces, las últimas en Chipre, bajo efluvios armenios, y en Gran Canaria, con apellido Sidi, de “señor”. Ahora surge otra vez la cadencia de constatar que para uno salieron todos los barcos, que uno perdió todos los aviones que podía haber tomado, y que las autopistas de alegría y libertad no te acogerán ya nunca. Y da igual lo feliz que uno sea, lo a gusto que te encuentres, las gracias que has de dar por la vida que tienes, como mandan antiguos y modernos profetas. Eso es aparte. Lo principal es que el spleen y el ensueño no lo perderemos nunca, clavado como un anzuelo en la garganta. Para algunos, a lo mejor, incluso se acrecienta el dolor conforme la espiral aumenta la velocidad de caída. Ante la aparición de la belleza (o más aún, de la dulzura y la sensibilidad juntas) sólo nos cabe, a los 39 años, ser dignos, no caer en el rídiculo, pues a una determinada edad ya no existen los ángeles. Voy a la librería, cojo la antología de Pacheco, busco el poema citado. Me pregunto cómo se recitará en thai. Y me gustaría cantar con Rose No me importa cómo pasa el tiempo, o ir transfigurado en otra persona, sin causar daño a nadie, directo a tu corazón.


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