jueves 2 de julio de 2009

Tokio

Llevo ya seis días en Valencia, y aún no me he recuperado de la(s) vivencia(s) de Tokio. El sábado por la tarde, sonaba de fondo una de las canciones más alegres de Ayumi Hamasaki, “Greatful Days”, y yo iba pegando gritos por casa: “¡Quiero volver a Tokio! ¡Quiero volver a Tokio!”: la fiesta nocturna en las calles de Shibuya y la despedida entre abrazos y besos de Kei, de Kayo…; la compañía de Keijiro Aso y su simpatía; las palabras que se me quedaron por decirle a Haruka Iwai mientras miles de personas iban y venían por la noche tokiota; la divertida conversación con Mª Antònia Martí y Xesco Ortegaamics per sempre– en Ikebukuro; la recepción por parte de Mashimo Yuichi, su bellísima esposa Sandra, y el profesor Katsuhiro Ueno, antes de la conferencia; la elegancia de Ginza y la cena con Elena Gallego, una mujer soberbia; la tremenda simpatía de Miguel Merino, monje zen, en un templo de las afueras de la ciudad; la delicadeza de los alumnos que prepararon para nosotros una ceremonia del té en la Universidad de Komazawa; las luces de Akihabara como el decorado de la película que mil veces había soñado; el paseo por Asakusa con Ryukichi Terao; los rascacielos de Shinjuku y las calles limpias por donde miraras; el don de gentes de Víctor Ugarte y la amabilidad de aquellos a quienes conocimos en el Instituto Cervantes; el feeling que sentí con Yoshiko Sugiyama; y por encima de todo la amistad y el cariño de Akemi Saito, a quien Rosa María y yo añoramos y de quien hablamos día tras otro, con el recuerdo del paseo por Nikkô, de la asistencia al teatro kabuki, al teatro , y de tantas palabras, sonrisas y confianza que se gestaron y brotaron en esos diez días. Tokio también es, como no podía ser de otra forma, los sentimientos y experiencias de los que no hablaré… Todavía ando como si me hubiera tomado algo, con la impresión de que voy a coger un metro y me voy a plantar en cualquiera de los lugares donde fui feliz.