miércoles 12 de enero de 2011

Blasco Ibáñez

A punto de dar las once de la noche, y trabajando. Si no estoy sin parar en todo el día, me da la impresión de que las horas se deshacen en el vacío. Trabajo en Vicente Blasco Ibáñez; además, en diferentes cosas al mismo tiempo sobre él: leo y releo páginas de su vida, de diversos biógrafos; repaso algún artículo antiguo; contemplo imágenes de las localidades, Cervantes y Nueva Valencia, que fundó en Argentina… Y yo lo siento mucho, pero me voy a poner frívolo (bueno, no lo siento) y a la vez rabioso: si a Blasco Ibáñez las fotografías nos lo devolvieran ahora con el porte de lord Byron, mi paisano sería un clásico de la literatura y, sobre todo, de lo literario. Por desgracia para él, en este sentido, no murió joven, y sus últimos años, aunque no era en extremo anciano, los pasó en una decrepitud galopante, evidente en sus retratos: un hombre avejentado, decaído, débil. Sin embargo, la vida de Blasco Ibáñez es posiblemente la más apasionante de toda la literatura española. Fue muchas cosas a lo largo de sus días, pero sobre todo apasionado y rotundo. ¿Quizá por eso ahora no lo sabemos valorar?