domingo 9 de enero de 2011

Vicios diarios


El otro día mencioné dos libros que había recibido de Oviedo, en concreto de la librería Ojanguren, de la que, hace muchos años ya, me hablara Amelia Valcárcel. Eran dos títulos sobre Asturias en asturiano que esperan con paciencia su lectura. Lo que no dije es que los acompañaba un polizón, un volumen comprado de casualidad y con desconocimiento. Los motivos para esa apuesta a ciegas de mi dinero fueron: 1) hum, unos diarios…; b) hum, de un escritor que no conozco; c) vaya, de una editorial que sí conozco; d) que no tiene distribución en Valencia… Consecuencia: añadir al carrito. El volumen, que he devorado en dos días, y sobre todo riéndome, son los Diarios (1999-2003) del escritor y crítico vasco Iñaki Uriarte. Al ir a buscar en internet alguna foto suya para, tras el paso de todas las páginas, ver físicamente cómo es, me he dado cuenta de que su nombre y su libro aparecen en muchos lugares, así que he decidido sumarme al jolgorio general. Antes quiero decir que la editorial, Pepitas de Calabaza, con sede en Logroño, la conocí en 2003 ó 2004, cuando compré un par de libros suyos, minúsculos, en la Feria del Libro de Castilla-La Mancha, que se celebró en Cuenca. Allí estábamos parte de Llambert Palmart con un stand atendido por dos chicos (ella / él) guapísimos presentando la primera edición del primer libro del músico Nacho Vegas, Política de hechos consumados, que editó Palmart en Valencia, y no su productora discográfica, de cuyo nombre ni me acuerdo ni haré por acordarme. Aquella estancia en Cuenca se debió a los desvelos de los amigos y cineastas Patti García Quesada y Juanmi González. Fueron días hermosos y larguísimos en una ciudad que considero parte mía. En aquel instante se fue gestando el libro Aquí la noche tiene el nombre de Valeria, que vería la luz en 2007.
Los Diarios (1999-2003) de Iñaki Uriarte son de los dietarios que uno disfruta, sobre todo porque conforman una suerte de cajón de sastre, con mala baba, de tono que los lectores de El Correo Vasco ya conocerían, que no te martirizan con sucesos anodinos (por lo que parece, el autor no es hipocondriaco). A veces quiere dárselas de pasota, y no puede: es un hombre cultísimo y gran lector, tanto que abruma. Y de haber un pero en el volumen sería esa abundancia de citas y referencias, que en ocasiones sumerge la voz de Uriarte, la anonada, cuando la querríamos oír en sensurround. Tampoco puedo negar la estupefacción por alguno de sus gustos, si bien su defensa de los mismos, para sus intereses playeros, me resulta acertadísima: la valenciana ciudad de Benidorm. Ahora bien, que el mayor atractivo de una tierra sea su vacío no deja de causarme pasmo. Vaya, como aquel chiste de tan mal gusto sobre Andorra: “¡Ah! ¿Pero que en Andorra vive gente? Yo pensaba que sólo se iba a comprar”. Los edificios de Benidorm, y de otros tantos Tortilla Flats mediterráneos, son una anomalía lamentable; nada parecidos a Biarritz, sea dicho de paso… Y Benidorm era un tranquilo pueblo, claro que sí, aunque a Uriarte no le hayan enseñado nunca las fotos.
Pero lo dejo aquí o va a parecer que escribo para sacar orgullo patrio. He disfrutado con el libro y algunas de sus entradas me han resultado desternillantes, otras muy reflexivas, y otras más la frase exacta de un sentimiento que todos experimentamos llegado el punto y no conseguimos verbalizar. Véase este ejemplo: “Hay un momento absurdo en la vida. Cuando te das cuenta de que todos los grandes de este mundo son más jóvenes que tú” (p. 21); o este otro: “Se menosprecia la felicidad porque es un baremo implacable para juzgarse” (p. 59).
En Uriarte también me he visto reflejado. Su paradoja de estar pensando en algo, y acabar por verlo al poco en un libro, es casi una ley de la literatura. Su fragmento “El desbarajuste en que leo es inmenso. Basta que me empeñe en leer o estudiar algo que me interesa, para que surja de inmediato otra cosa que también me interese y me desvíe”, lo podría firmar yo. Por no hablar de su descripción del 1 de enero de 2001. Si no conociéramos su edad (Uriarte nació en 1946), podría engrosar ese texto la lista de la literatura europea de la Generación X: “Uno de enero. Lasitud. Una especie de mala hostia beatífica (…) me he fijado en un barco con matrícula de Hamburgo (…) He pensado que me iría en él, a Hamburgo, o adonde fuera (…) Hace un rato he pensado en Cioran, en que me apetecía leer alguna página suya. He seguido tumbado en el sofá, mirando al techo, como abobado, que es lo que él me hubiera recomendado seguir haciendo” (p. 91).
Con esto hay bastante, pero hay más, mucho más. En una nota final de 2010, Iñaki Uriarte afirma seguir escribiendo diarios. Es una suerte para este género tan puro, y para la literatura.