Ando estos días haciendo listas de escritoras españolas. Me he zambullido en una biblioteca privada, con verdaderas rarezas, y me sorprenden en todo momento rostros antiguos, poemarios inencontrables, nombres para mí ignotos. Uno de ellos ha sido el de la escritora Alfonsa de la Torre, quien se doctoró en 1944 con la tesis Carolina Coronado, poetisa romántica, y hasta 1967 había publicado los poemarios Égloga (1943), Oda a la reina del Irán (1947) y Oratorio de S. Bernardino (1950), a los cuales se habría de añadir el estudio El habla de Cuéllar, publicado por la RAE en 1951.
La nota biobibliográfica de la antología no proporcionaba más información, y aún no he tenido tiempo de ir a buscarla por la red. Tampoco leí los poemas presentes en ese volumen; me aguardaba una lectura poética en la que yo era uno de los participantes y hube de salir con un tiempo ingrato. Sin embargo, la existencia de Alfonsa de la Torre fue el pretexto para que yo me acordara de Cuéllar, de esa localidad segoviana y, por tanto, de la vieja Castilla.
Nunca he visitado Cuéllar, pero una vez estuve a punto de ir. Ir para ver a una mujer, claro, para conocerla tras muchos meses intercambiándonos e-mails, trazando proyectos de monográficos y revistas, y hablando por teléfono. Por eso al leer el nombre de Cuéllar, me han vuelto a aflorar el de Rosario, que es de allí, y los momentos que pasamos juntos en Salamanca, en Madrid y en Valencia.
La última frase puede dar lugar a falsas expectativas románticas para el lector. Siento deshacérselas desde el principio. Mi recuerdo es cariñoso y respetuoso hacia una “compañera de trabajo” (digámoslo así), con quien no pudo darse una amistad porque vivíamos a cientos de kilómetros y yo andaba, cuando la conocí, en otros arrebatados y pasionales momentos que no me dejaban espacio ni para respirar.
Entre el deseo de encontrarme con Rosario y el momento de conocerla pasaron meses decisivos en los que galaxias, soles y universos se crearon en mi interior. Sin embargo, antes de ese big bang de amor totalitario con Rosa María, llegué a fantasear con respecto a Rosario: “¿dónde viviremos si…?”. Y con esto ya he dicho bastante.
Fueron, sin embargo, días bonitos. Rosario vino a Valencia con motivo de dos extraordinarios congresos que organizamos en la Fundación Valencia Tercer Milenio. Yo la recuerdo, en concreto, en tres momentos de hace una década: la primera vez que nos saludamos, tímidamente, en el salón columnario de la Lonja, una muchacha con el pelo negro y largo, preciosa, y con una de las voces más dulces que he oído nunca; la segunda fue en algún intrincadísimo lugar del Palau de la Música (¿dónde nos metimos?), haciéndole una entrevista al físico Frank J. Tipler, una entrevista delirante durante la cual Rosario actuó como traductora perfecta e imprescindible; y la tercera, la más apoteósica, en una habitación de los últimos pisos del hotel Valencia Palace…
Pero otra vez lamento aguarles la fiesta romántica a lectores y amigos (en especial a José Luis Piquero, la única persona que me sigue en este diario a saltos). La habitación con pocas vistas fue un lugar de trabajo donde nos pusimos a traducir un documento de no sé qué lengua a qué otra lengua (yo al valenciano) hasta las tantas de la madrugada, pues había de estar disponible a la mañana siguiente, es decir, al cabo de cuatro o cinco horas. En la habitación, tampoco estábamos solos, sino que aquello parecía (perdón por el tópico) el camarote de los hermanos Marx y un chiste de Gila: “van un español, un francés y un italiano…”, pues, bueno, aún había un belga, y mi mente no sé si da para recordar a un alemán, e incluso a un serbio.
No sé si esa noche u otra, al salir, llevamos Rosa María y yo a Rosario a su hotel. Y verla entrar fue como una despedida. En Salamanca, a pesar de haberlo escrito alegremente al principio, no sé si llegamos a coincidir. En Madrid, sí, en una jornada sobre la Modernidad, y la vi ya cambiada. De aquella experiencia, recuerdo las risas de mi buen amigo Isidro-Juan Palacios porque frente a la globalización, la importancia del mercado y esas estupideces que defendía un tipejo de infausto recuerdo, yo me puse a defender el valor de la tribu. Me dijo después: “Con la melena suelta, parecía que fueras a sacar el hacha en cualquier momento”. Hace una década, mi melena era todavía una señora melena... Aquella tarde coincidí con otros dos amigos: José Javier Esparza y José Manuel de Torres. Y la memoria se desvanece.
Por todo lo dicho, que es casi todo lo que puedo decir, el nombre de la localidad castellana de Cuéllar, en la provincia de Segovia, lo tendré siempre unido a Rosario Martín Ruano.
Por los días que no existieron y la música que no sonó.


1 comentarios:
Doy fe de la melena. Ahora bien, no era entonces ni es ahora melena de fiero hombre cavernario (ya quisieran algunos dirigentes políticos hoy tener el respeto del resto de la tribu) sino de fiero león de las letras, la poesía, las lenguas, la cristiandad, en fin, la cultura. Un fuerte abrazo.
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