domingo 27 de marzo de 2011

Mi otra Eva

Eva con Laínez
Eva es un nombre que me gusta, y eso, para empezar, es mala cosa. El sonido “Eva” me sugiere desnudez, playa, sexo, primicias, orígenes, arrebato, carne… En la Facultad, me prendé de una compañera cuando me dijo “Yo me llamo Eva”, me desarmó. Eva, Eva, Eva… No quiero ni pensar lo que puede esconder mi subsconsciente sobre mis más hondos motivos para denominarme “cristiano” (bueno, cristo-pagano-FLDS).
Creo que en mi vida sólo he tenido relación con cuatro mujeres llamadas Eva: aquella filóloga en ciernes de hace veintitrés años; la exmujer de un compañero, la cual, para más colmo, me recordaba a otra muchacha de nombre de tres letras que no mentaré, no señor; mi idolatrada mujer-personaje de mi pieza teatral Berlín, Eva Braun; y mi tierna, y dulce, y risueña, y fuerte, y doliente… Eva Vaz.
Eva me envió hace unos diez días su libro más reciente, Frágil. (Antología 2001-2009), publicado por la editorial tinerfeña Baile del Sol. Bueno, más que “me” envió, “nos” envío, a Rosa María, a Carmen y a mí; así consta en la dedicatoria “familiar”. Yo había leído (casi) toda la poesía de mi “hermana” Eva: Metástasis (2006) nos lo regaló en Islantilla; Leña (2004) nos lo obsequió en La Pobla de Farnals; y La otra mujer (2003) lo compré cuando quería escribir algo sobre jóvenes poetisas y vi su sugerente portada (no voy a fingir…); de Ahora que los monos se comen a las palomas (2001) conocía algunos poemas; y de los inéditos que da a la luz en Frágil también había oído, al menos, “La madre muerta”.
Conozco a Eva, sí, aunque conozco de más tiempo, y trato y todo, a su “mejor poeta” (si él fuera García Lorca, yo sería Luis Rosales), pero no me mueve la pasión personal a la hora de hablar, a pesar de lo que pueda decir una fotografía como la adjunta. Podría escribir sobre la poesía de Eva Vaz un artículo de diez o doce folios, desmenuzándola, aclarándola para aclararme, poniéndola en apartados y subapartados a fin de domesticarla y que su efecto no sea en mí tumultuoso. Quizá es mi deformación profesional, pero la obra de Eva Vaz es una de las más desasosegantes y luminosas que he encontrado en tiempo. Sus versos breves en sus largos poemas no dejan lugar a la reflexión. Eres imbuido por la espiral que trazan sus palabras e incapaz de ofrecer resistencia. El golpe te lo llevas cuando esperabas un final feliz en su discurso, y sin embargo te encuentras, dos veces además, con un “Para siempre es sólo la muerte” (“La madre muerta”, p. 98).
Si el amor y la muerte son los dos grandes temas de la poesía, Eva los hace suyos en tanto metonimias: el sexo y la enfermedad. Esta primera diferencia ya nos indica que su propuesta no va a ser en absoluto grata para un lector cómodo. Además, Eva no se proyecta en una voz lírica ajena a su vivir, sino que narra la pura vida. Por eso es tan descarnada y por eso su sangre nos salpica. Más que poesía de la conciencia, semeja poesía de las visceras, y, ojo, hondamente femenina, anclándose en una sucesión de mujeres, consciente de su genealogía y de su descendencia, y aludiendo a aspectos propios de la feminidad y su fisiología para transformarlos en universales, rompiendo el cerco de lo sexo-genital.
De esto último que he dicho, me estoy dando cuenta conforme escribo, y voy a hacer hincapié: la voz de Eva no es una voz poética neutra. La mayoría de hombres creo que escribimos desde nuestra virilidad, y, en determinados temas, las metáforas, las figuras, el modo de describir evolucionan atendiendo a nuestra propia masculinidad inocente. Sin embargo, hay muchas poetisas donde, obviamente ausente ese rasgo viril, la voz se convierte en algo neutro, como si en vez de hablar desde las entrañas, se limitaran a ser “paisajistas” sentimentales. Eva, sin embargo, elabora su poesía desde su consciente voz de mujer, que además es universal. No estoy entrando en pamplinas de “literatura femenina”, “literatura feminista”, “literatura de mujeres”, etc., guetos para el autobombo pero estériles. Me interesa en este sentido la poesía de Eva Vaz porque narra experiencias que sólo pueden ser femeninas y las convierte en experimentables para el lector, sea hombre o mujer. Esto es lo subyugador de su poesía, y no es algo fácil de lograr.
Al ver todos los libros de Eva reunidos en uno solo, su obra resulta un work in progress, una continua reflexión sobre aquellos temas en torno a los cuales pivota: la depresión, el sexo en bruto, la enfermedad, la muerte, el paso del tiempo, los celos… Veo poemas balizas los siguientes: “Mi credo”, que no en vano abre el libro; “Disculpas”, cuyo título denota un sentimiento de culpabilidad introyectado en la autora, y que se irá licuando en numerosos poemas; “Para gritar”, donde la muerte y el dolor por la madre desaparecida se transforman en un bodegón de pesadilla en el cual el título ha de leerse como último verso; “El gorrión”, una reincidencia en el mismo tema que el anterior; “La banca defraudó 236 millones de euros a la Seguridad Social”, donde se ejemplificaría ese paso tan poco común de la experiencia propiamente femenina a la experiencia genéricamente universal; “La fiesta”, con ese título irónico que esconde la apreciación de muchas experiencias eróticas; y “Borrasca”, donde los celos retrospectivos y la amistad ucrónica sirven para experimentar nuevos sentimientos o diferentes formas de acercarse a ellos. Estos siete poemas constituyen mi propio hall of fame. Son poemas esenciales en la antología, en la obra de Eva y en la poesía española contemporánea. Que su autora, tal y como reza la contraportada, sea una “poeta de culto” ya lo sabíamos muchos, y habíamos presenciado de qué forma es jaleada cuando entra a un local a leer.
Se me ha olvidado mencionar la densidad de su obra. Es todo lo contrario a algo “frágil”. Y esta paradoja la clava en el último verso de su libro: “vamos a matarnos de mentira”, pues la verdad es siempre frágil, y cruel.

Adenda: Tras leerle a Rosa María Rodríguez Magda el post, añade: “El problema no es que las mujeres escriban como mujeres, sino que una buena parte escribe según el modelo en que se piensa que deben escribir las mujeres. Por eso, y poniendo un ejemplo algo extremo, la escritura de Corín Tellado refleja a “las mujeres” porque sigue recreando el estereotipo clásico, de ahí la importancia de la aportación de Eva”.