sábado 26 de marzo de 2011

Poesía

Llevo lecturas atrasadas de varios poemarios recibidos en las semanas últimas y de los que he de hablar, no a la fuerza, sino con gusto. En primer motivo, porque se trata de poetas impresionantes, algunos de cuyos versos me sobrecogen cada vez que me topo con ellos; en segundo, porque son amigos a quienes valoro por su tenacidad, su fidelidad y su resistencia; en tercero, porque desde este humilde blog, que sólo debe de tener un lector fiel, he de hacer que su nombre posea una entrada más en el mundo internético, es decir, en el mundo real. Empezaré pronto.
En cuanto a mí respecta, hace mucho que no escribo poesía. Los últimos poemas deben de remontarse a 2007, si no antes. Y ya están todos en la basura. Pretendí haber salvado algunos textos mínimos en asturiano para mi libro-despedida de mi paso por esa lengua, y ni eso. Tan sólo cuatro brevísimos poemas, escritos en xíriga mansolea, más como fascinación por esa creación popular y gremial, que como verdadera pasión lírica, han sobrevivido, y quizá los publique Lletres Asturianes el próximo mes de mayo, pero tampoco lo sé. A lo mejor quise imitar a Jon Mirande, a quien tanto me parezco en ciertas cosas: él probó la ductilidad poética de la variedad de euskara hablada por los gitanos de Iparralde, y yo me ocupé del mansolea de Asturias.
Como hace tanto que no escribo poesía, y menos en español, cuando me toca participar en un recital poético, me repito como un loro: algunos poemas de Música junto al río (2001), quizá uno de Exotica martyria (1991), y algunos otros de Bel diya [Algún día] (1998), traducidos del aragonés, mi poemario preferido en cualquier lengua. Para el acto que organizó M.ª Teresa Espasa el martes 22 de marzo de 2011, en Ámbito Cultural de El Corte Inglés, y dado que éramos quince poetas (hay que ver qué poco me gusta este calificativo en la actualidad; me resulta ridículo, y lo siento por mis amigos), tan sólo leí un par, demorándome. En la foto adjunta, podéis ver mi desolada cabellera ante el micrófono.
En estas farándulas, intervengo casi a la fuerza, pues me gustan poco. La poesía arriba, la poesía abajo, las tertulias poéticas, las vanidades líricas, las gilipolleces versificadas, ¡ya somos dos mil poetas!, apadrine un poema, apadrine un poeta, poetas sin fronteras, poetas unidos, poetas populares, poetas creídos… Me atarantan; me dan repelús. Pero me presento en ellas para no ser egoísta con respecto a mi yo actual, y porque también es hacer arqueología de la memoria. De hecho, pocas personas sabían que yo también había escrito poesía; o que tenía vidas paralelas en asturiano y en aragonés, ni se lo imaginaban; otros pensaban que yo no sabía ni hablar, pues llamar “discreción” a lo mío es denominar “inocente” a una sesión sadomaso.
Al final, estuve a gusto y todo. Me sirvió para reencontrarme con antiguas compañeras de la Facultad, como Mar Busquets y Xelo Candel, con las que apenas crucé dos palabras, pero con las que me miré con afecto (de mi parte, al menos, lo había), pues nuestro recuerdo se desplaza veinte años atrás, hasta aquellos veinte años de la ensoñación y las ilusiones.
Después del acto, resopón. Nos fuimos a cenar (si las lecturas me gustan poco…), y por suerte caí en la mesa de los no poetas, con Concha Prieto y Elisa, la directora y una de las responsables de Ámbito Cultural; de Concha, me enteré de su vinculación con el mundo teatral valenciano; y de Elisa, de su relación cercanísima con un tataranieto (creo) de Teodor Llorente. A mi lado tenía a mi amigo Ricardo Llopesa, quien se niega a leer en público y que es muy pudoroso con sus poemarios, y por enfrente cayeron Mª Teresa, Rosa María y mi madre. El Corte Inglés editó una plaquette con foto, biografía y un poema de cada uno de nosotros, detalle que se agradece, y cerramos la paraeta antes de las doce.
Al volver a por el coche, empezó a llover. A llover bien llovido, nada de cuatro gotas. Mis dos mujeres (que no mis dos esposas…) me esperaron junto al también poeta y amigo Rafael Coloma, y yo me fui solo hasta el parking. Un placer, oigan. La lluvia caía, ni pasaban automóviles ni personas. No había nadie, ni nada. Apetecía soltar el paraguas y quedarse allí, en la calle Lauria, frente a alguna boutique, esperando a Gene Kelly, o viendo las maravillosas ráfagas a la luz de una farola. De los cines, salían dos chicas erasmus hablando en alemán. Ni las miré. Sólo estaba pensando en la lluvia, en las montañas, en emboscarme a la luz de las antorchas. En seguir andando hasta el fin de las carreteras, o en no moverme hasta ser agua diluida, agua de Europa en tierra de Europa.
No obstante, bajé hasta el segundo sótano, pagué en la máquina con dinero prestado por mi madre, y cumplí con mi obligación de recogerlos.