Quizá era porque tenía muy tierna su lectura, algunos versos de Rafael Tamarit Crespo (1930), presentes en su antología Plegaria a un dios ausente (Barcelona, Astro Uno, 2007), que abarca desde Las cosas que nos pasan (1954) hasta El paso estremecido de los días (1998), me han sugerido un eco de aquel pálpito de Albi, tan arrebatado. Esa resonancia la percibo incluso en los títulos: Ven a mis brazos Ana Ivanowicht (1980), Apuntes para Conie Lobell (1996)…
He conocido a Rafael Tamarit de manera completamente azarosa. Su padre, Rafael Tamarit i Asensi, nacido en la localidad valenciana de Torrent, pasó muchos años en el Principado de Andorra, y dio a la luz varios libros de versos con el elocuente subtítulo de Poemes d’Andorra. A la hora de hablar de la generación literaria andorrana de los años 60 y 70 del siglo XX, su nombre es imprescindible. Recientemente publiqué un artículo sobre su poemario En calessa per les Valls (1970) en El Periòdic d’Andorra, y a raíz de él recibí un afectuoso e-mail de su hijo, y a continuación el obsequio de tres libros de poesía y teatro, que han ayudado a que tuviera conocimiento de esta voz literaria que no sólo se ha prodigado en estos dos géneros, sino que es asimismo narrador, pero también publicitario y restaurador, aunque, tal vez por encima de otras cosas, actor.
Ilumina de sueños mi palabra (Barcelona, Ariel Rivadeneira, 2008) es su segunda antología, donde han desaparecido las distinciones entre los libros y tan sólo tienen apartado propio los sonetos, que Rafael cultiva desde antaño. Su poesía abunda en recursos paremiológicos y hay enormes dosis de ironía y de distanciamiento con respecto a lo que escribe. Así, por ejemplo, en el poema que empieza “Me delata el silencio que me ata”, Rafael lo acaba subvirtiendo las expectativas del lector: “Te prometo el recuerdo imborrable en el tiempo / Te aseguro el afecto, el sentimiento / Te tiendo un puente de amistad continua; / pero tu amor, es una estrafalaria tontería.” (p. 51). Esta puesta en cuestión no sólo la ejerce con el Otro (el Otro es la mujer amada), sino consigo mismo. El soneto “Y uno se sienta mirando el infinito” finaliza con este terceto: “Porque siempre te faltan muchas piezas / y debes convencerte por ti mismo / de lo inútil de todo lo que empiezas.” (p. 63).El tercero de los volúmenes recoge cinco piezas teatrales, algunas de ellas estrenadas en diferentes lugares de Cataluña en la década de los 50 y 60 del siglo pasado. Me ha interesado sobre todo Judit “Number One”, un (cuasi) monólogo, y la pieza panhispana Dux latronum (Viriato). Un dato importante de estas obras de Tamarit Crespo es que están escritas en verso (salvo Judit…), una forma dramática que no resistió el paso del tiempo pero que sin duda servía para tornar este género en algo más espectacular y más ajeno para el espectador.
Aunque nacido en Bilbao, Rafael Tamarit Crespo ha desarrollado toda su labor en Barcelona. Espero que la lengua elegida para expresarse no implique verse relegado dentro de la literatura catalana en español. Su obra es de tono muy particular, muy personal, y muy completa.


0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada