Me da la impresión de que escribo cada dos o tres días aquí, y cuando miro la fecha de la última entrada me percato de cómo transcurren los meses. En este tiempo, he medio acabado una novela (¡guau! esto habría de ser toda una novedad, pero siendo como soy de perfeccionista, a saber cuándo se la doy a leer a alguien) y he continuado mi proyecto de investigación literario, pasito a paso, que hay mucho para leer a pesar de las apariencias. No obstante, lo más importante y donde me gustaría sobre todo centrarme es en un continuo proceso de introspección, de experimentar cierto camino que cada vez aleje más del mundo para ir a lo esencial. El impedimento único es la curiosidad natural de uno, pues no todo es abarcable. Y no estoy hablando de meditación (que también), de oración (que también), de desprendimiento (que también), sino de un recurso a la palabra hablada, al rito, al mito, que puede experimentarse todavía y sobre lo cual, permitidme, aún seré críptico. Sin embargo, siempre salen temas colaterales. Uno de ellos es el de la ciberontología. ¿Qué es? Bueno, lo explica Rosa María Rodríguez Magda en el artículo "La extinción de la mirada. De la visualidad a la ciberontología" (2003), recogido en su libro Transmodernidad (2004); y en su obra más reciente, Razón digital y vacío (2011), vuelve a tratar de esta materia sobre la que hay poco escrito y de la que fue de los primeros en mencionar en lengua española (y posiblemente en Europa). Con ese nombre, Ciberontología, participará el viernes 13 de mayo en una mesa redonda en un lugar muy ad hoc. Supongo que ya os podréis hacer una idea de por dónde va, algo así como aquello que estudia la nueva estructura metafísica de la realidad, a la que a los objetos reales y a las ideas se suma un tercer tipo de objetos, virtuales, que existen sin ser reales. En pocas palabras y más concreto: el estudio filosófico de cómo las nuevas tecnologías transforman nuestra percepción de la realidad al crear objetos virtuales. Punto. Pero esto, digo yo a vuelapluma, enlaza con la metafísica pura, que habría de darle otro tipo de visión a los "objetos", digamos, teológicos, que podrían interpretarse como una suerte de virtualidad extrahumana, pero que, gracias a ella misma, nos convierte todavía en más humanos; no transhumanos, sino en puramente humanos (a partir del "Punto.", la flipada es mía). Pero lo mío es la espiritualidad. Mientras Rodríguez Magda sigue filosofando, yo me largo a cantar loores a los Dioses y a los Maestros.
sábado 7 de mayo de 2011
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