lunes 20 de junio de 2011

Días


He comprado y leído Días de diario de Antonio Muñoz Molina, un dietario brevísimo escrito entre Madrid y Nueva York en 2005… Y esto es casi todo lo que he hecho hoy.
Me habré de mentalizar y no forzarme: estoy de nuevo en una fase que conozco bien. El origen son ciertos problemas de salud familiares que me mantienen en hipertensión (20/13 en un pico esta tarde que no sé si creerme) y en una dejadez absoluta de cuanto acontece en el mundo. Me da igual todo. Es más, si reventara hasta me alegraría. Y saltaría de gozo si reventara por determinados países. Siendo así, y con este deseo apocalíptico en mente, sólo me apetece sumergirme en las vidas de los demás, y hacerlo con libros que no requieran un desarrollo que haya de seguirse de principio a fin.
En Días de diario, por fortuna, he subrayado muchas cosas, y de todo tipo: lecturas (la loa de The Turn of the Screw, de Henry James, novela que yo conocí por la adaptación operística de Benjamin Britten, a los 14 años), coincidencias vitales (“Placer de conducir por la noche”), coincidencias literarias (“Este es el momento del miedo, el de empezar a escribir y sentirse sin fuerzas para hacerlo…”), aforismos (“El recuerdo se convierte en ficción en el momento mismo de la escritura”)… Muñoz Molina escribe sin casi tapujos, y describe con detalles (la entrevista a Philip Roth) lo que otros escritores habrían ocultado por mera vanidad herida.
Me ha resultado grato leerlo, y me ha desconectado, a pesar de esas referencias al padre muerto y a la madre sola que me trastabillaban los dedos al ir a pasar de una página a otra.
Sin embargo, ha habido una coincidencia mayor. No me había percatado hasta que el autor comenta el tiempo lluvioso y gris en octubre de aquel año. Aquellos días, Rosa María y yo también nos encontrábamos en Nueva York pronunciando conferencias: ella en la New York University, sobre su pensamiento; yo en la Hofstra University, sobre mis literaturas minorizadas. Fue una corta estancia, pero pudimos intuir lo que debe de ser sumergirse en las avenidas del ensueño. Pero a esas sólo se llega cuando uno viaja sabiendo que ha de volver a su ciudad, y demasiado pronto.