Al volver de dar un paseo, me veo venir de cara a Rafael Ballester Añón, que pasaba a saludarme. Suerte la de habernos encontrado por azar, o no hubiésemos coincidido. Hemos quedado esporádicamente desde 1990 ó 1991, cuando transitábamos por las aulas de la Facultad de Filología con objetivos dispares. A ambos nos unía la querencia por la teoría fílmica, pero sobre todo el vicio de la literatura. La relación se hizo más estrecha cuando Rafael escribió en alguno de aquellos años un artículo para el suplemento PosData del diario Levante-EMV, “Poetas de los 90”, donde tuvo a bien incluirme entre los cinco o seis nombres mencionados. Yo había publicado algún texto en revistas (Ojuebuey, Ruxiada…) y mi primer poemario, Exotica martyria. Nada más. Al parecer, no le desagradaron.
Antes de los 90, sin embargo, yo había leído el nombre de Rafael Ballester Añón en varias antologías; es un hombre dadivoso a quien no le tiembla la pluma para hablar sobre gente más joven o a años luz de su calidad. Después, seguí viéndolo en antologías y en alguna edición (como la imprescindible que preparó de la Poesía completa de Eduardo Hervás), y no voy a negarlo: siempre me ha interesado todo lo que ha publicado, a pesar de prodigarse a sorbos muy pequeños, pero muy intensos: desde aquel poemario inicial con el subyugante título de Viendo otra vez a Caín transportar un haz de espinos hasta novelas de cariz experimental como Pensada y Enciclopedia. Si fuéramos un país de verdad (Valencia, digo), Rafael sería un nombre de referencia; y si la literatura no se moviera en el mundo de las marcas comerciales, también.
El caso es que hoy Rafael traía en la cartera un regalo: Cuaderno de ejemplos (2011), su título más reciente, que pertenece a la literatura claramente íntima por dos motivos: es un dietario escrito en 2002 y se trata de una edición de tan sólo 100 ejemplares. Al abrirlo y ver las fechas encabezando las casi siempre breves entradas, mi pregunta ha sido de maniático: “¡Un diario! ¿Pero un diario de verdad o… apócrifo?”. De verdad, de verdad… ha contestado Rafael pasmado. No he tenido la educación ni de explicarme, por lo que a saber qué habrá entendido que quería decir yo. Un diario, perfecto. Eso significa que no hay en estas páginas cuentos ni poemas ni teatro experimental ni maquinaciones ficticias, sino vida, pura vida. Me encuentro un tanto obsesionado con esto, la verdad. Soy incapaz de trabar ficciones, y siempre acudo a los recuerdos para escribir. “Normal…”, se me argüirá. Pues no tan normal, sobre todo porque uno de mis “dogmas” es: todo lo que escribas te ha debido de pasar o has debido de pensarlo; no puede haber ninguna recreación ni falacia. Y como uno tiene la vida que tiene, y ni recorre Papúa-Nueva Guinea todos los años, ni acaba de regresar de la boda del príncipe Alberto en Mónaco, ni es fotógrafo de moda en Nueva York, pues de pocas cosas dispone para contar. ¿Realismo puro? No; “puto realismo”, por decirlo en plata.
Pero Rafael hace trampa en Cuaderno de ejemplos… al menos un poco. Un diario, sí, vale… pero sus anotaciones parecen a veces o poemas o apuntes para un guión de largometraje, para un cuadro o para una visión fotográfica que el autor no nos puede transmitir. Así, por ejemplo, habría que entender la entrada del 19 de julio: “Amanecer. // Frente a Los Ángeles. // Agua asustada, sol de pintor nórdico. // Salir y secarse.” (p. 31); este párrafo del 19 de agosto: “Sobre el azul irreprochable del cielo, el arponazo del rojo de la camisa de una adolescente.” (p. 41); o la concisión del 21 de agosto: “Mar inmóvil. Como una fotografía.” (p. 43). Evidentemente, el ejemplo manido sería decir que se trata de cuasi haiku, pero me sobrepondré a la tentación. Sí semejan poemas algunos fragmentos, pero no tanto por las descripciones, sino por determinadas sugerencias que te perforan con toda su potencia metafórica: “Lenta lejanía del verano.” (p. 69), escribe Ballester Añón el día 15 de octubre; y esta delicadeza del 19 de octubre: “Mediodía. // Pequeña nube, incómoda de serlo, se desvanece.” (p. 71).
En Cuaderno de ejemplos, todo es exterior al autor/personaje. No reflexiona en voz alta, no se muestra como alguien vulnerable. Lo imaginamos en bicicleta yendo y viniendo, de un lugar indeterminado y, por tanto, siniestro, hasta la orilla de las aguas. Y allí se queda porque no puede seguir avanzando. Ballester Añón se ha vaciado de dramatismo, y pretende ser el observador ideal. Tan sólo en la primera de las entradas, del 19 de mayo, constatamos una cierta huella de la herida: “De vuelta, pasar ante el cementerio en el que están enterrados los padres.” (p. 15), pero sin posesivos, sin primeras personas, sin mayor carga sentimental. En todo el libro, será la visión y, más tarde, el recuerdo recurrente de una mujer de pelo corto con un niño el único hilo ajeno a la sucesión de días y de momentos iguales que siempre son distintos, es decir, el único componente dramático.
Por otro lado, esa sensación de cuadros dejados al fresco es potenciada por el uso de determinado lenguaje: participios, infinitivos, sustantivos… como si el verano hubiese traído el estatismo. De ahí que cuando aparece alguna forma verbal, el movimiento resulte casi violento, ajeno al mundo que Ballester Añón ha ido creando de mar y cielo y un par de caminos, de grandes masas detenidas a pesar de su rumor. La cita es del 11 de septiembre, se halla en el meridiano del volumen y no es posible su interpretación literal: “Comentan dos de estos últimos que hay poca gente en la playa. // “Estamos ya en otoño” –dice uno. // Es verdad: en cierto modo, estamos ya en otoño.” (p. 50).
Cuaderno de ejemplos, por tanto, no es un dietario, sino una obra muy reflexionada, y escrita con la conciencia de estar elaborando un proyecto literario y narrativo singular. Una pieza de culto de la última narrativa en Valencia.


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